Y ahora, a echar la culpa al Gobierno


El independentismo catalán sigue dando sus ruinosos frutos. El último, la pérdida de la sede de la Agencia Europea del Medicamento (EMA). Barcelona era hace nada la ciudad favorita. Era la única que ofrecía un edificio ya disponible, y además emblemático, la torre Agbar. Y cayó estrepitosamente, en la primera votación. Dicen que el Gobierno y otras instituciones lanzaron una ofensiva diplomática para salvarla. Se asegura que el mismo rey Felipe VI se empleó a fondo. Pero no hubo forma. La derrota de la candidatura ha sido fulminante.

Poco antes, la ministra del ramo y catalana de nación, Dolors Montserrat, había viajado a Bruselas para empujar, pero sus gestiones tropezaron con el gran obstáculo, que ella dibujó con estas palabras: «el independentismo no nos lo ha puesto fácil». La señora ministra seguramente quiso decir que el independentismo nos lo había puesto imposible, pero no quiso ser tan radical.

Ahora conviene poner en orden la memoria. Barcelona fue sede de la Agencia prácticamente sin discusión cuando el independentismo no había saltado la barrera de la declaración unilateral de independencia. Aunque había tensiones soberanistas, ninguna llegó a hacer pensar ni temer que se pudiera dar un salto de esa magnitud. El referendo del 1 de octubre y la DUI posterior pusieron en guardia al jurado encargado de la designación. La lógica es contundente: si la Agencia del Medicamento es europea, no puede instalar su sede en un territorio que lucha por su independencia y, si la consigue, dejará de forma parte de la Unión Europea. Ningún organismo o institución oficial lleva su sede a un territorio ajeno. Igual que la Agencia se marcha de Londres porque el Reino Unido se quiere marchar de la Unión, tampoco quiere venir a Barcelona si Cataluña también quedará fuera de la Unión. Esto es tan poco discutible, que da un poco de vergüenza escribirlo.

Ahí tienen los independentistas un motivo para reflexionar. Ahí tienen la última muestra, y van demasiadas, de cómo se puede arruinar a un país. Y ahí tienen la prueba de cómo los juegos del procés, las repúblicas ficticias y su prometida aceptación exterior eran también una mentira. Por lo menos podían tener la deferencia de reconocerlo. Pero no, no lo harán. Ya salieron los primeros portavoces independentistas a decir que el culpable es Rajoy, que «no movió un dedo» por apoyar la candidatura de Barcelona. Tras él vendrán otros. El caso es no dar su brazo a torcer. El caso es no perder ninguna oportunidad de practicar el victimismo. El caso es echar la culpa a Madrid y a ese gobierno de opresores y corruptos que odian todo lo catalán. Y lo perverso es lo de siempre: hay gente que les cree. Esa es la desgracia de esta nación.

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Y ahora, a echar la culpa al Gobierno