¿Quién lo iba a decir?


Este es un mundo de sorpresas. Un ciudadano británico vota tranquilamente a favor del brexit y después se espanta con la posibilidad de que se reinstaure una frontera dura entre Irlanda e Irlanda del Norte cuando el Reino Unido abandone la UE. En Cataluña hay independentistas que apoyan la DUI (la declaración que sí, que no, que caiga un chaparrón), que llaman a congelar la economía autonómica y estatal que se sienten decepcionados por el hecho de que Barcelona no haya sido elegida para albergar la sede de la Agencia Europea del Medicamento pese a ser una de las candidaturas más fuertes técnicamente y tener el beneplácito de buena parte de los trabajadores de la entidad. Policías locales de Madrid lanzan loas a Hitler y desean la muerte a Manuela Carmena y a otros políticos, a periodistas, a los inmigrantes... Y se levanta una ola de indignación. Marta Rovira, después de ser señalada por Oriol Junqueras como la heredera de ERC, asegura que el Gobierno español amenazó con muertos en las calles catalanas y, como no puede sostenerlo con pruebas, se lía. ¿Quién lo iba a decir? ¿Quién iba a contar con que los actos y palabras tuvieran consecuencias? ¿Quién iba a adivinar que un voto legal o una decisión ilegal tienen repercusión en la vida cotidiana? Más que un jardín de sorpresas, este es un mundo de gatillos fáciles. Como diría Steve McQueen en la piel de Vin Tanner en Los siete magníficos: «Me recuerdan a un tipo que conocí. Se cayó de un edificio de cinco pisos. Al pasar cada piso decía: '¡Hasta aquí, voy bien!'». Pero en estos tiempos es como si nadie pensara en el suelo.

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