Diciembre


Cuando llega diciembre, no hay polígono industrial en toda España, desde Avilés a Melilla, que no disponga de un número de borrachos notoriamente superior al habitual. Cuando uno sale del trabajo en esos días va esquivando coches con personas alteradas al volante, o transeúntes cantarines, o los restos de lo que debió ser una comida con bebida y no al revés, expelidos de algún cuerpo agitado y revuelto.

Es algo que se considera normal. A pesar de que el alcohol es una droga dura que genera múltiples problemas sociales y de salud, es normal salir a emborracharse. Es positivo. Deseable. Y cualquier aspecto negativo del consumo de alcohol que se señale, cualquiera de los cientos de inconvenientes y dramas que pueden ir ligados a su consumo de los que se advierta, son criticados con más o menos tino. O, las más de las veces, motivo de mucha risa. Porque vivimos en una sociedad que considera el vino y la cerveza alimentos, y los avisos sobre consumo responsable son meras formalidades que a nadie convienen ni convencen. ¿Alguien se imagina un anuncio de heroína recomendando un uso responsable? ¿Alguien en su sano juicio cree que los anuncios de bebidas alcohólicas que advierten de que deben consumirse con moderación responden al deseo de quien fabrica las bebidas?

Pero nada como dejar de beber para darte cuenta de hasta qué punto el alcohol está metido en nuestras vidas. Hace años que tuve que dejarlo, pero recuerdo con nitidez aquellos primeros días de abstinencia. Anuncios en prensa, televisión, radio, bombardeándote. Ni un solo acontecimiento social sin bebida, ni un día sin su cara de extrañeza cuando rechazas una caña y dices que no bebes. Ni un rincón sin un bar, ni una marquesina sin su anuncio de cerveza. Ninguna boda sin ríos de licor, ni un lunes sin alguien que le recomiende a alguien tomar una cerveza para aliviar la resaca. Por todas partes, a todas horas, botellas y botellines, tercios y botas de vino, porrones y fiestas patronales, misas de vino y pan ázimo, que hasta nuestro señor Jesucristo lleva tintorro en las arterias. Aquellos primeros días fueron asfixiantes, y me vi empujado a enclaustrarme en casa hasta que la tentación menguara de alguna manera. Hay ocasiones, cada vez menos, afortunadamente, en las que desearía no haber caído en el monstruo, pues dentro de mí lo era,  y poder tomar un par de copas de vez en cuando. Es lo que me ha quedado por dentro, un deseo latente con vida propia al que no le importaría arrastrarme a un pozo con él que desaparece cuando sobrevienen imágenes de aquellos días, las que la memoria robó a la inconsciencia. Estando bebido he tenido accidentes, o me han apaleado, o han intentado robarme, o no he sido consciente de la humillación a la que me sometía, o me he ensuciado como sólo un niño o un anciano pueden ensuciarse. Esto es con lo que tengo que vivir, es la cicatriz que me recorre por dentro y que probablemente nunca se cerrará.

Ahora estoy limpio. Fue muy duro. Cuando llega diciembre me hago preguntas. Cuando veo que alguien con buenas intenciones quiere salir libremente «a emborracharse con los amigos», no puedo evitar sentir desazón. Nadie puede culpar al borracho por lo que otro le haga, pero no vivimos en un mundo perfecto. Creo que las advertencias sobre el consumo de alcohol nunca son excesivas, y que lo que sí es excesiva es la tolerancia y la aceptación social que tiene el consumo excesivo de bebidas alcohólicas.

Emborracharse es una lotería. Nunca sabes cómo puedes acabar. Puede que acabes bien y que años después tengas golpes recorriéndote el ánimo sin que se te note por fuera. Y puede, también, acabar mal, y que los golpes y las cicatrices estén por fuera, creciendo sin parar. No sé si tuve suerte, y no es la intención de este alcohólico redimido juzgar a nadie, pero he pasado muchas noches curtiéndome las entrañas y sufriendo lo que en el fondo sabía era una carrera sin frenos hacia un muro, hasta que me estrellé, roto por dentro.

Tengo un recuerdo desagradable de una noche de farra porque un amigo me enseñó un vídeo grabado con su teléfono móvil. En él salgo haciendo estupideces ante la cámara, cosas que nunca más volvería a hacer, y que no debería hacer nadie. No fue algo terrible, no fue lo peor del mundo. Era un yo descompuesto y ajeno a mí. Una caricatura grosera de mi forma de ser. Cualquier cosa era, y cualquier cosa pudo pasar. Era diciembre. Tengan cuidado.

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