El régimen se enfanga en Cataluña, la izquierda rupturista no saca nada

OPINIÓN

25 nov 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Históricamente, nuestro país ha lastrado tres grandes problemas que jugaron un fortísimo rol a lo largo de los siglos XIX y XX, y que vienen a coincidir, por cierto, con los «grandes fantasmas» del reaccionarismo español, a saber: las cuestiones religiosa, social y territorial. A ellos podríamos añadir otra que, a decir verdad, nunca representó un inconveniente para la derecha -más bien todo lo contrario- y que hoy parece que ha desaparecido felizmente: la injerencia del ejército en la vida pública. Sea como fuere, dicha tríada compuso también el eje en torno al cual el republicanismo articuló su programa reformista de modernización de España. Y, bien mirado, la revolución conservadora que terminó alumbrando el franquismo no fue otra cosa que la respuesta a aquellos males que padecía la patria.

Con el proceso de (contra)reformas capitaneado por los socialistas a partir de los años ochenta y que completó el Partido Popular desde finales de los noventa, se transmitió la sensación de que todo aquello había quedado «en el basurero de la historia». Como vociferó décadas atrás un renombrado socialista, en efecto, a este país «no lo iba a reconocer ni la madre que lo parió». Sin embargo, «la vida nos muestra a cada paso los vestigios de lo viejo sobre lo nuevo», que decía Lenin. Y si bien la cuestión religiosa parece haberse aplacado con el pasar del tiempo y la evolución de la sociedad española, no puede decirse lo mismo de las dos restantes. Es posible que con la llegada del nuevo milenio las cuestiones social y territorial dieran a más de uno la impresión de haber quedado definitivamente enterradas, pero hoy estamos en disposición de afirmar que continúan constituyendo el horizonte democratizador de nuestro país.

La crisis económica de 2008 reabrió la gran brecha en el decurso histórico diseñado y por ella se volvieron a colar los viejos fantasmas del pasado. Los españoles despertamos así abruptamente del espejismo creado por la burbuja inmobiliaria, el ladrillo y la especulación financiera. El espectro que recorrió entonces el Estado fue el de la cuestión social, excepto en Cataluña, donde se dio la particularidad de que, junto a este, entró en juego el territorial. A decir verdad, su acción conjunta ha producido los cambios más notables del panorama nacional. No hay más que ver la configuración de la Generalitat o del Ayuntamiento de Barcelona. En la primera, los otrora todopoderosos PSC o la antigua CiU (a la que las circunstancias han transformado en PDeCAT), hoy sólo pueden aspirar a ser (en el mejor de los casos) la tercera fuerza de un arco parlamentario que, dominado por la ERC, es más plural que nunca. En él, la izquierda de los Comunes y la CUP suma cerca de un veinte por ciento del sufragio. Por lo demás, la flamante alcaldía de la capital catalana -que entre 1979 y 2011 ostentara el PSC, hoy quinta fuerza con menos de un diez por ciento de los votos-, pertenece ahora a un partido surgido directamente de la contestación a la crisis económica.