Los bulos, con denominación


Más allá de bromas como la que sufrió María Dolores de Cospedal a cuenta de dos humoristas, la injerencia de la propaganda rusa en las democracias occidentales es un asunto serio, muy serio. Y no solo por el alcance de sus mensajes en redes sociales, que preocupa a la Unión Europea y ha sido asunto de debate en el Senado de Estados Unidos, sino también por haber puesto contra las cuerdas a una megacorporación transnacional tan poderosa como Facebook.

La compañía de Mark Zuckerberg, señalada por viralizar todo tipo de trolas y bulos, intentó marcarse un gatopardo del siglo XXI, un aparentemos que cambiamos para que nada cambie y la máquina de fabricar dólares siga facturando a toda velocidad. Dio unos consejos básicos para distinguir fake news e información legítima. También reclutó a algunas organizaciones para detectar contenido envenenado, pero luego no les dejó hacer su trabajo. Evidentemente, no fue suficiente. Y el escándalo no pudo dejar de crecer.

Hacía falta más. Y se sacaron de la manga una medida curiosa e insólita, que tampoco impide que gire la rueda del dinero: lanzar un portal que recoja la propaganda y las noticias inventadas que se le muestran, casi sin control y previo pago de los agentes rusos, a los usuarios. Es un parche que permitirá escudriñar y poner algo de luz en los oscuros patios traseros de Facebook, pero, como todos los parches, no elimina el problema, solo combate los síntomas. Por tener denominación de origen, un bulo no deja de serlo. Y los que se lo tragan no suelen cuestionar lo que leen antes de compartir.

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Los bulos, con denominación