La guerra del taxi


La pasada semana se celebró en Vigo un seminario sobre la empresa.4, es decir, la empresa digitalizada, robotizada, gobernada por la inteligencia artificial y con máquinas que se conectan sin cables. Escuchar a los ponentes fue asomarse a un mundo que parece de ciencia ficción, pero que ya existe. Y alguien definió el futuro de las fábricas de este modo fascinante, pero aterrador: «La fábrica solo necesitará tres elementos, un robot, un perro y una persona. El robot, para encargarse de todo, desde la producción a la logística; el perro, para garantizar la seguridad, y el hombre... para dar de comer al perro».

Es una caricatura, pero quizá no tanto. Multitud de sectores ya están sufriendo o disfrutando ese mundo donde se plantea si los robots deben cotizar a la Seguridad Social para que los humanos podamos cobrar la pensión. El ser humano se dividirá en dos clases: el capacitado para programar el robot y el encargado del perro. Los taxistas españoles, igual que los del resto del mundo, viven con el alma en vilo porque temen quedarse hasta sin perro. Igual que los medios informativos sufren la competencia de las redes sociales; igual que el móvil hizo desaparecer las cabinas, que hace años parecían imprescindibles; o que el comercio electrónico es una amenaza para la tienda del barrio, los taxistas sufren la competencia de Uber y Cabify, que amenazan seriamente el oficio de conductor de taxi.

De ahí que sean tan comprensibles protestas como la de ayer. El taxi logró demostrar su poderío con un paro general y nacional que logró colapsar ciudades y dejar sin servicio a centenares de miles de usuarios. Demostró gran capacidad de convocatoria porque sabe que se está jugando su porvenir. Y tiene toda la razón en su queja, porque a alguien se le fue la mano en su contra: hoy, conforme a la norma que regula el alquiler de vehículos con conductor, tendría que haber un máximo de 2.000 licencias VTC. Sin embargo, según Fomento, hay 6.000. Y creciendo por sentencias judiciales.

Se anuncia un nuevo decreto que satisfará las demandas del sector. Veremos si es verdad o se trata de una promesa pensada solo para calmar los ánimos ante la huelga de ayer. Ahora quedan planteados dos difíciles desafíos. El primero, para el taxista: si la demanda cambia, él también tiene que cambiar y ofrecer lo que ofrecen Uber y Cabify. Es la reconversión que debe afrontar. Y el segundo, para el gobierno: no puede frenar el desarrollo tecnológico ni la competencia, pero tampoco puede permitir que casi 70.000 familias (número actual de conductores de taxi) queden a merced de un mercado sin corazón.

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