Cataluña menguante


Mientras Puigdemont deshoja en Bruselas la margarita de si vuelve o no vuelve a España, Cataluña sigue empequeñeciéndose. Es increíble que alguien que concurre a unas elecciones ponga en duda que vaya a cumplir el compromiso con sus electores y tomar posesión del acta parlamentaria. O que los chantajee advirtiendo que solo volverá si es elegido presidente. Ese es su particular sentido de la democracia y de la responsabilidad política. O, mejor, de la irresponsabilidad. La de quien ha gobernado pendiente exclusivamente de su obsesión independentista, ajeno a la realidad de una Cataluña menguante. La comunidad que llegó a ser ejemplo y envidia en el resto de España, que con los Juegos Olímpicos se convirtió en referencia internacional, es hoy una sociedad empequeñecida, en la que el fulgor cultural y vanguardista de otros tiempos ha sucumbido ante el ombliguismo de un nacionalismo aldeano, en la que la tolerancia y el pluralismo se ven sometidos a la intransigencia de un sector del soberanismo que señala con el dedo acusador a quienes no los acompañan en la aventura, en la que el dinamismo empresarial ha derivado en una fuga de empresas que han dejado a Cataluña huérfana de sector financiero. Y ahora, además, entra en saldo vegetativo negativo, esa condición que parecía propia de comunidades avejentadas y sin futuro. Cataluña ya no es lo que era. Es lo que deberán agradecerle a Puigdemont el chantajista y compañía.

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