Un 155 de ida y vuelta


Lo menos que se puede esperar del independentismo catalán, si gana las elecciones, es que haga lo contrario de lo que hizo Rajoy con el 155: intentar formar gobierno con las mismas personas que fueron destituidas, aunque estén en la cárcel o en su exilio voluntario de Bélgica; devolver a sus anteriores puestos a personajes como el jefe de los Mossos, el señor Trapero y, en general, deshacer o decir que deshace todo lo hecho en este tiempo, que no sabemos qué ha sido y espero que La Moncloa haga algún día un balance de su gestión. Esa es la intención que expone Marta Rovira, esa señora que no sabe cuántos parados hay en su tierra, pero sabe construir castillos de independencia y de rebeldía frente a Madrid. Pero Rajoy existe, incluso anda por Cataluña a la caza de votos y también tiene sus ideas: si gobiernan los independentistas y vuelven a salirse de la legalidad, volverá a aplicarles la medicina del 155. Y si eso ocurre, habrá nuevos personajes que llevar a los juzgados, nuevas escapadas turísticas a Bruselas y los actualmente encarcelados tendrán mucha compañía y las asociaciones soberanistas tendrán que volver a rascarse los bolsillos para pagar nuevas fianzas. El bueno de Iceta tendrá que hacer una interminable lista de nombres cuyo indulto se compromete a solicitar. El tiempo que transcurriría entre la acción independentista y la reacción estatal es imprevisible, pero la posibilidad de que ambas se produzcan es alta; incluso muy alta, porque los separatistas no se detienen ni ante la fuga de empresas ni ante la catástrofe económica y Rajoy nunca se apeará de su dogma del cumplimiento de la ley. Nos podemos encontrar así con un 155 de ida y vuelta, un 155 intermitente, y una Cataluña condenada a vivir unos meses de autogobierno seguidos de otros meses de intervención estatal.

No es un panorama muy sugestivo para nadie, pero quizá sea inevitable a la vista de la agresividad que muestran ambas partes. ¡Eso sí que es alternancia de gobierno y no las que hemos vivido en España! Y ante ese horizonte, vuelve la eterna pregunta: ¿No hay forma de evitar ese destino? ¿No hay nadie que ponga el freno al borde del abismo? Parece que no. La palabra diálogo está tan deteriorada, que hasta da reparo escribirla. La comunicación entre agentes del Estado y de la Cataluña separatista solo se efectúa a través de autos judiciales. En los últimos días se está azuzando el recurso sentimental para fomentar el desapego.

Y el constitucionalismo sigue sin sumar votos suficientes para ocupar la Generalitat. Supongo que alguien en Madrid estará pensando un plan B, porque falta una semana. Exactamente en una semana hablará el pueblo catalán y nadie sabe cuál será su decisión.

Ante el horizonte, vuelve la eterna pregunta: ¿No hay forma de evitar ese destino? ¿No hay nadie que ponga el freno al borde del abismo? Parece que no.

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