Derroche de activismo


Lo dice claramente el diccionario de la Real Academia Española cuando define al activista como «militante de un movimiento social, de una organización sindical o de un partido político que interviene activamente en la propaganda y el proselitismo de sus ideas». Una definición que bien puede valer para todos los embarulladores del procés catalán, que han dilapidado su propio prestigio en ahondar la polarización de la sociedad catalana, que no es precisamente una sociedad homogénea, como bien sabemos todos.

Es verdad que los independentistas tenían -y tienen- su fuerza, pero no tenían una mayoría real ni siguieron los pasos de ninguna consulta legal. Y aún peor: se equivocaron al creer que Europa y sus Estados miembros apoyarían una declaración unilateral de independencia. Construir una estrategia sobre esto fue un error, es decir, una falta de realismo. En las campañas electorales se defienden y contrastan las políticas sociales y económicas que se quieren aplicar o desarrollar. Las elecciones autonómicas no pueden decidir sobre independencias. Por consiguiente, es un error descomunal querer culpar ahora a Europa de no se sabe qué, tal vez de no someterse a sus caprichos.

La realidad del procés es que sus valedores se han acostumbrado a creerse sus propias milongas y no les ha importado tensionar y polarizar la sociedad catalana hasta extremos peligrosos (precisamente por su falta de realismo, del que no se han apeado todavía). El propio Carles Puigdemont parece haberse convertido en el capitán fantasma de esta extraña representación. Su inútil espera en el portal institucional de la UE está avinagrando su carácter y revolviéndolo contra aquello que más desea: ser acogido en el seno de una UE en la que, paradójicamente, Cataluña ya está, como parte de España.

Porque la falta de realismo puede ser también un exceso de confianza.

Y, si al final todos perdemos el norte, no es imposible que nos demos el batacazo, con los del procés dispuestos a perseverar en sus actuales posiciones extremas y sin abrirse a una posición constructiva. Esto sería lo peor, claro, y no se descarta que lo peor siga teniendo todavía sus días sin contar. Mientras, el activismo sigue dilapidando energías.

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