Quiméricos inquilinos


Dos semanas para nada. Lo último que pasó en Cataluña fue el 155. Quedan dos días para que, salvo un milagro sorpresa en la participación, el bloqueo se mantenga. El país partido y dañado por la ficción de una independencia que no compró ningún Estado serio se acostará el jueves por la noche, conocidos los resultados, igual de partido y dañado. En dos semanas no se ha escuchado nada distinto a lo que se le suponía a cada candidato. Todos a lo suyo. Vendedores de jarabes y de baratijas para sus públicos. No hay comunicación entre las fuerzas políticas. Cada uno en su trinchera. Los debates no dieron casi ni anécdotas. Según el bingo de los resultados podría tenderse algún puente si Iceta pudiese ser, como en la serie danesa Borgen, el presidente minoritario que apoyasen ERC y los comunes. Pero, ¿por qué Junqueras, en la cárcel, con más votos y diputados aunque sean insuficientes, se los va a dar a Iceta, que pertenece al PSOE que permitió el 155? ¿Prometiendo el PSOE indultos que no tiene en su mano dar? ¿Por qué Ada Colau va a regalarle el sillón a Iceta? ¿A cambio de qué? Cuando uno lee estas quinielas, empieza a pensar que los políticos catalanes tienen un problema muy serio para distinguir la ficción y la realidad. La novela del procés dejó clara esa tendencia a la impostura. Y todas esas cábalas que, por ejemplo, hace Iceta demuestran que no solo los independentistas, que por cierto se están despellejando entre ellos, están atacados por el virus de la irrealidad. La política catalana es un rancho para quiméricos inquilinos. Lo único que falta, si Puigdemont no fuese quién es, es que el fugado aparezca en Cataluña en el último momento. Pero alguien que se fuga es un escapista y no suele ir caminando a la puerta de una prisión. Ni ERC, que ganará el voto independiente, ni Puigdemont, ni la CUP que ya promete que se presenta a la institución solo para boicotearla, si los resultados no son de una mayoría de los suyos, han movido un centímetro sus cabezas de la vía del tren. Por el supuesto bloque constitucional tampoco hay mejoría en los pacientes. Iceta ha quedado retratado. Inés Arrimadas va lanzada, con unas ganas tremendas de descarrilar. Sin variar tampoco sus planteamientos y sin reconocer a dos millones de catalanes, más menos. De Albiol, mejor ni hablar. Tiene más cintura Bertín Osborne. Tanta elasticidad entre candidatos dejan claro que no habrá matemáticas poselectorales. Salvo el citado milagro de los panes y las papeletas, todo será una pirotecnia absurda de sumas y restas que concluirán con más 155 y unas nuevas elecciones. Es triste. Es el hundimiento del presunto arte de la política. Es de una desfachatez total, porque el daño real lo sufrimos todos, que ya hemos visto cómo la economía ha perdido fuelle. El despropósito es que estas dos semanas para nada ni para nadie nos vuelven a perjudicar en nuestros bolsillos. La política, ese ¿noble? arte para entenderse entre partes, convertido en un campo de batalla para despellejarse. Buitres que se relamen a la espera de despojos. Odiadores profesionales.

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