Cataluña, bloqueada y sin salida


Nada de lo que cualquier observador sensato puede ver en Cataluña cuando la recorre de norte a sur y de este a oeste justifica, ni menos aún explica, como es posible que, en una de las regiones más ricas y desarrolladas de Europa, una parte sustancial de su población haya estado apoyando durante años, con sus votos y en la calle, a un conjunto de políticos que son los más irresponsables, embusteros y manipuladores de Europa occidental. 

Si alguien tenía alguna duda de hasta qué punto la rebelión secesionista ha arrasado el tejido político y social de Cataluña, las elecciones de ayer la han despejado: con el Parlamento salido de las urnas será imposible articular una mayoría de gobierno. Entiéndaseme bien: no quiero decir que los independentistas (ERC, Junts per Catalunya y la CUP) no sumen para elegir un presidente, pero, obviamente, tal mayoría lo será -ya lo hemos visto- para el desbarajuste y no para hacer eso que en democracia llamamos gobernar.

Porque gobernar exige, como mínimo, dos cosas: primero, un programa, es decir, un conjunto de medidas que expresen lo que tienen en común quienes lo apoyan, algo que está muy lejos de suceder entre los independentistas que elegirán presidente a un candidato que se ha dado a la fuga tras ser imputado por gravísimos delitos; segundo, que ese programa sea realizable, condición que no cumple el único proyecto que sirve de pegamento a la entente, nada cordial, secesionista: la consecución de un referendo de autodeterminación que el Gobierno se ha cansado de repetir que jamás tolerará.

El que habría sido el único cambio político real -un Gobierno de los no independentistas (Ciudadanos, PSC y PP)- queda descartado, pese al resultado excepcional de Inés Arrimadas, que se ha convertido en la líder indiscutible de la Cataluña plural, solidaria con el resto de España y respetuosa con el Estado de derecho. Pero el anuncio de Iceta de que no votaría a la candidata de Ciudadanos aunque hubiera sido parlamentariamente posible hacerla presidenta queda ya para la historia y será para los socialistas catalanes un baldón imborrable en su errática y oportunista trayectoria. Porque eso que Iceta llamaba transversalidad no era más que la forma de evitar que, por fin, y tras cuarenta años de nacionalismo puro o disfrazado, hubiera habido en Cataluña una verdadera alternancia democrática.

Ayer perdió no solo el cambio sino también la gobernabilidad, con la que sucede lo que con la salud: que solo se aprecia su valor cuando se pierde. Pero hay algo más en lo que una y otra guardan mucho parecido: en que una vez destruidas las bases que la sostienen, recuperarla puede llegar a resultar muy complicado. En ese pozo se ha metido Cataluña por la mala cabeza de los políticos independentistas y de quienes han decidido seguir apoyándolos pese a haber conducido a Cataluña hacia el desastre. Es lo que tienen las ideologías fanático-fantásticas: que privan a sus seguidores de toda capacidad de ver la realidad.

Comentarios

Cataluña, bloqueada y sin salida