2017: un año de «ismos» y fobias


El año pasado fue uno de cifras. Éstas, por aquel entonces, aún nos sorprendían y nos aterraban. Eran millones de desplazados en el mundo entero, miles de refugiados en Europa, así como cientos de víctimas del terrorismo. Es decir, números sin rostro, salvo Aylan y otros cuantos. Diluimos al dolor en los números. Pero eso forma parte del ayer, porque 2017 fue un año de «ismos» y de fobias. Independentismo, nacionalismo, separatismo, catalanismo, hispanismo, europeísmo… además de incontables fobias: turismofobia, catalanofobia, hispanofobia, eurofobia, y otras tantas. Todos contra todos. Las cifras pasaron de moda, pero la intolerancia moral no, y ahora nos hemos declarado celiacos de la convivencia. Y como la cruzada contra el gluten, la devoción al veganismo, y la guerrilla tuitera no han saciado nuestros egos rotos, nos hemos visto en la necesidad de añadir los sufijos ‘ismo’ o ‘fobia’ a cualquier causa para que ésta sea válida. Ergo, que le repugne lo distinto, lo «otro», lo que no es «como yo o como nosotros». 

Parece un fenómeno nuevo, pero no lo es. Desde los tiempos seminomádicos del hombre, cuando la necesidad lo obligaba a migrar y a entrar en contacto con otros grupos humanos y territorios, siempre tuvo que elegir entre tres opciones: la indiferencia, la cooperación, y la guerra/dominación. Desgraciadamente, en no pocas ocasiones eligió la tercera, y para muestra de ello hay ruinas de imperios y batallas pertenecientes a incontables culturas y épocas en cada rincón del planeta. A esa reflexión llegó el ilustre polaco que fuera considerado como ‘el mejor reportero del siglo XX’, después de décadas de asombroso reporterismo. Y concluyó que los vestigios de aquellos ayeres épicos no son más que un testimonio del fracaso de la humanidad, porque exhiben la incapacidad de reconocernos ante el «otro». Es decir, que hemos justificado nuestra falta de identidad con un «ismo», y a la barbarie con fobias.  

El fanatismo levanta muros mucho más fuertes que la piedra y el cemento. Más, incluso, que el de Trump, que ya ni siquiera es rastreable en los celosos archivos digitales del «hiperpresente». Las barreras de hoy, en forma de «ismos» y fobias, parecen intangibles, pero son muy duros. No se ven, pero se sienten más. Duelen. Los muros entre países, pese a lo insultantes que pueden ser, a veces lucen como un juguete. La imaginación y la voluntad (cuando no el hambre) del hombre siempre los ha derribado, esquivado, saltado o ignorado. Pero las paredes intangibles, esas que levantamos entre nosotros mismos, son infranqueables, porque no sabemos realmente de qué están hechas, ni dónde comienzan y mucho menos en dónde terminan. Ni siquiera sabemos quién las puso. No sabemos si hemos sido nosotros mismos, o si sólo sostenemos el andamio de dolores pasados.

Para Gervasio Sánchez las fechas de inicio y final de las guerras no son las que pone Wikipedia. Éstas siguen vivas a lo largo de sus consecuencias, de sus dolores, de quienes las sufren, y de aquellos que deciden ignorarlas. Y seguramente tenga la razón. Los fanatismos y las fobias lo demuestran. Hoy, en vísperas del 2018, todavía hay gente que muere a golpes por portar unos tirantes con una bandera. Sí, un trapo con colores, un pedazo de tela con rayas. La hemorragia identitaria causada hace ochenta y un años no parece que vaya a cicatrizar pronto. Y el fanatismo sólo ensucia e infecta esa lesión.

Se termina el año de «ismos» y fobias. Culmina un turbulento diciembre, tras meses cardiacos por la crisis institucional, con el artículo 155 se estrellándose en las urnas (como bien publicó Marisa Cruz en EL MUNDO), dejando así un resultado electoral en Cataluña que augura todo menos un plan de convivencia. Se va un año en el que todo se ha reducido a ellos y nosotros. ¿En dónde está la diferencia? Dantesco.

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