En busca de la España que ilusione


Escribir un mensaje del rey no debe de ser fácil. Tiene que condensar en 1.431 palabras su pensamiento. Tiene que mencionar todos los problemas, al menos los más importantes, que preocupan a la sociedad. Tiene que transmitir su propia inquietud para que los ciudadanos perciban que no es una figura decorativa en el escenario nacional. Tiene que cuidar cada concepto y cada expresión para no herir a nadie, pero, sobre todo, para no salirse del marco de la Constitución, que es ciertamente limitado. Y después de todo ese esfuerzo tiene que tener la humildad de asumir que se la juega en un solo capítulo de su repaso a la vida del país: el capítulo que habla de Cataluña. En la evolución del contencioso catalán está el destino de la solidez de la nación, de su prestigio exterior y del prestigio de la propia Corona.

Por eso, aunque la referencia directa a Cataluña solo ocupa formalmente tres párrafos del mensaje de Navidad de Felipe VI, todo su texto está orientado a ese conflicto: el recuerdo del éxito colectivo en la construcción de la democracia, la transformación social, la integración internacional o los principios de concordia y pluralidad, dos de los conceptos preferidos por el monarca. Cuando Felipe VI ensalza la fortaleza de nuestra democracia o los valores de España, no hace solo el discurso del optimismo, sino que responde a uno de los diagnósticos históricos de la crisis de la nación: los nacionalismos crecen y tratan de romper cuando detectan la debilidad del Estado o, dicho en palabras de Ortega, cuando el Estado deja de ofrecer un sugestivo proyecto de vida en común.

Creo que todo el mensaje está orientado al propósito de volver a encontrar ese proyecto sugestivo. De ahí que el rey Felipe hable de una España «moderna y atractiva, que ilusione». De ahí que proponga «evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos». Y de ahí que rechace «una España paralizada o conformista».

Todo, me parece, con la mirada puesta en Cataluña. El 3 de octubre había mostrado su autoridad de jefe del Estado; el 24 de diciembre ejerció otra de las grandes funciones que la Constitución encomienda a la Corona: arbitrar y moderar. El rey no gobierna, pero reina. Y reinar es aceptar el mandato de las urnas. Reinar es advertir de los riesgos de la confrontación. Reinar es sugerir sin imponer las prioridades de los gobiernos. Reinar, en este caso y en este momento, es indicar que el soberanismo no puede hacer olvidar los problemas reales de la sociedad. Reinar es llamar al Gobierno que salga del Parlamento catalán a rehacer la convivencia. Y reinar es incitar a construir «la España que ilusione». Quizá toda la crisis actual se deba a que se ha perdido la ilusión, la ilusión de modelo de país.

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