Sí, España es un gran país


España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido». Otto von Bismarck, el canciller de hierro, no pronunció jamás la frase que se le atribuye. Pero fuera quien fuera su autor, la cínica sentencia encierra una gran parte de verdad. Es muy difícil encontrar en el mundo un país con mayores motivos para sentirse orgulloso de su pasado y de su capacidad para superar los retos a los que ha sido sometido a lo largo de la historia hasta convertirse en una de las democracias más avanzadas del planeta. Y, sin embargo, es imposible hallar una nación más empeñada en pedir perdón por su pasado y su presente y más dispuesta a la autoflagelación. Es cierto que el independentismo catalán y el populismo rampante llevan años empeñados en presentar a España como una nación zafia, pobre, atrasada, autoritaria y franquista. Pero también que tenemos una clase política que se muestra incapaz de atacar de frente ese discurso ruin y que prefiere contemporizar con la antiespaña, compartiendo con ella la sandez de que nuestro actual modelo democrático está agotado y por ello es necesario modificarlo de arriba a abajo, aunque nadie nos diga cómo ni para qué.

España es un gran país. Una democracia fuerte, asentada y ejemplar que cuenta con el respeto y el apoyo de la comunidad internacional y en la que todas las ideas pueden defenderse, por más que algunos se empeñen en lo contrario. Y, por eso, más allá de las acertadas reflexiones de Felipe VI sobre la situación en Cataluña, que complementan su histórico discurso del 3 de octubre, del mensaje de Navidad del rey yo me quedo con sus referencias al compromiso de los españoles con la democracia que juntos hemos construido; al «país nuevo y moderno» que hemos hecho realidad en 40 años; a cómo vencimos a un «intento de involución de nuestras libertades»; a la «fuerza de nuestras convicciones democráticas» con la que derrotamos al terrorismo y al progreso sin precedentes logrado «gracias a una España abierta y solidaria» e inspirada en «una irrenunciable voluntad de concordia».

Cataluña fue siempre un pilar de esa historia de éxito. Ahora, unas elecciones impecablemente democráticas han otorgado a los independentistas la responsabilidad de gobernarla. En sus manos está decidir si quieren regresar a la senda constitucional para solucionar los problemas mediante el diálogo y contribuir al progreso común y al fortalecimiento de Cataluña, o si prefieren seguir instalados en la deslealtad, la vulneración de la ley, la imposición unilateral, el enfrentamiento social y el daño a los intereses de los catalanes y del resto de españoles. Pero, si optan por lo segundo, la respuesta no puede ser darles la razón o ese buenista «algo habrá que hacer», que tanto se repite estos días, sino llevar ante la Justicia a quien viole la ley y aplicar sin complejos, cuantas veces sea necesario, las normas que garanticen que la Constitución se cumple en Cataluña. Hacer lo contrario sería seguir dando la razón a Bismarck, o a quien quiera que dijera aquello.

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