Woody y la uruguaya


Recomendar series es como elegir un pez en un acuario. Hay tantas disponibles. Con tantas temporadas. De tantos capítulos. La nórdica. La versión americana. Un lío. Paso. Prefiero decirles que, para Reyes, se regalen un clásico y una novedad potente. El clásico es ir a ver la última de Woody Allen: Wonder Wheel. Ir a ver la nueva de Allen es un ejercicio necesario. Una tarea que nos reconcilia con la inteligencia en estos tiempos estúpidos de posverdad. Un descanso que hace pensar sin la tortura de la inmediatez. Con la luz más hermosa de sus películas (que ya es difícil), cuenta la historia más negra. Un Woody pesimista. Los chistes son frases terribles que homenajean, por ejemplo, al citado en la cinta Eugene O’Neill. No hay piedad en ese matrimonio que trabaja junto a la noria de Coney Island en los años cincuenta. Pero es que acaso ¿hay piedad en la vida? De tío Óscar, las interpretaciones de Kate Winslet y Jim Belushi. Ojo, van a ver un cuento oscuro. La edad nos trae un Woody Allen casi de cuidados paliativos, pero tan sabio. Y luego está el librito, la novedad potente que les decía. Si el clásico es Woody, la novedad potente es ese librito La uruguaya, de Pedro Mairal, que está funcionando genial con el boca oreja, de lector a lector. Se lee en muy poco tiempo. No es un tocho de esos que te echan para atrás, que parecen ladrillos. Es una historia mínima (todo sucede en un día), encima con un ritmo endiablado y con giro inesperado. Y Mairal nos coloca en pocas páginas, vaya si nos coloca, un montón de detalles, de pensamientos, esa flor rara. Es una experiencia de fuegos artificiales entre Buenos Aires y Montevideo sobre el deseo, el amor, el matrimonio, el trabajo de ser padre, tener cuarenta años, escribir, soñar, estar sin un duro (sin un peso, sin un dólar, sin un euro). Una película y un libro para empezar el año lejos de enredarse en las redes sociales, de las series, de los consumos masivos que nos consumen.

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