Más empleo, mayor precariedad


Aamaneció este año con una buena noticia: en el 2017 la economía española creó 611.146 empleos. Desde el 2005, año en que la Seguridad Social incrementó en cerca de un millón su número de afiliados, no se registraba un crecimiento tan elevado. Despedimos el año pasado con 18,5 millones de cotizantes. Aunque el paro se resiste a disminuir en proporción inversa a la creación de empleo, el dato positivo bien justifica la glosa triunfalista del presidente del Gobierno. Augura Mariano Rajoy que, si conseguimos despejar la «incertidumbre política» generada por el independentismo catalán, España alcanzará la cifra de 20 millones de ocupados al finalizar el próximo año 2019. Por una vez, y sin que sirva de precedente, comparto la previsión optimista del presidente. Introduciría quizás, además de la cuestión catalana, algunas otras incertidumbres políticas y económicas, domésticas y externas, que podrían truncar el ciclo alcista de la economía española.

Dicho esto, el analista debería poner el punto final a su columna y descorchar la botella de champán. Pero tal actitud supondría renunciar a su oficio de aguador de fiestas. Porque no es oro todo lo que reluce en un dato tan espléndido: hay también vil metal en la brillante aleación. El año pasado se firmaron 21,5 millones de contratos de trabajo, de media unos 58.000 al día, lo que delata el reverso negativo de la gema: la inestabilidad en el empleo y la precariedad laboral. Se firman y se rescinden contratos a mansalva. De hecho, más de 19,5 millones de los contratos son temporales, muchos de ellos con duración de horas o de días. Y la mayoría de los nuevos empleos son precarios y generados en actividades y sectores de baja productividad.

El dato positivo del 2017 puede llevarnos a engaño. Alcanzar los niveles de empleo previos a la Gran Recesión no significa el retorno a los años felices de comienzos de siglo. Hemos perdido muchas plumas en el camino. A finales del año pasado, la Seguridad Social contaba con 155.000 afiliados más que el último día del 2008, pero con salarios más bajos y bases de cotización más reducidas que entonces. En once meses del año pasado, la recaudación por cotizaciones no llegó a 99.000 millones de euros, lo que hace improbable, a falta de contabilizar diciembre, alcanzar la cifra del 2008: cerca de 108.000 millones de euros. La ministra de Empleo, Fátima Báñez, aseguró en octubre que la Seguridad Social ingresaría este año por cotizaciones más que en toda su historia. Tendrá que tragarse sus palabras, lo cual no es nuevo: en el 2016 la recaudación ascendió a 103.000 millones de euros, 13.700 millones menos de los previstos en los presupuestos. De los salarios raquíticos no salen cotizaciones robustas. Los ratones no paren montañas. La precariedad del nuevo empleo explica, ciertamente, solo una porción del alarmante déficit de la Seguridad Social. La parte gruesa se debe al incremento del gasto en pensiones: 27.000 millones más entre 2008 y 2016. Los 20 millones de cotizantes que prevé Rajoy tampoco solucionarán el problema.

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