Malos tiempos para los Reyes Magos


Yo, de pequeño, no creía en los Reyes Magos. Lo que de ellos me hablaban -Oriente, los camellos, el cometa y el saber qué querían y merecían todos los niños- me parecía carente de lógica. Aunque lo que más me hacía desconfiar era que emprendiesen un viaje tan largo para llevarle al Niño Jesús tres cosas -oro, incienso y mirra- que nadie sabía lo que eran ni qué falta le hacían a un bebé tan pequeñito. Pero pasaron los años, formé una familia, y me vi convertido en uno de los millones de pajes que en la madrugada del 6 de enero trabajan gratis para los Magos -tras pagar los juguetes de su bolsillo y distribuirlos con precisión a horas intempestivas-, y que después renuncian a cualquier agradecimiento de unos niños que solo tienen ojos y corazón para Melchor, Gaspar y Baltasar. Y fue entonces, al comprender el intríngulis de la fiesta, cuando empecé a creer en los Reyes Magos. Estos Reyes son, para todos los cristianos, actores evangélicos de primer orden, por cuya presencia se hizo patente la divinidad de Jesús, y cuya ternura define en el mundo hispánico el brillante e ilusionado cierre de las fiestas de Navidad. Por eso deberíamos estar muy agradecidos a los que, al percibir la importancia simbólica de la Epifanía, decidieron sacramentarla -es decir, hacerla visible y entendible- mediante los tiernos y magistrales desfiles que desde hace siglo y medio -primero en Elche y Sevilla, y después en toda España- recorren pueblos y ciudades con su generosidad infinita. Lo lógico sería que esta fiesta -nuestra, bellísima, y con una autenticidad litúrgica y cultural que ensombrece a todas las imitaciones de Hollywood- conservase intocables sus orígenes y motivos, sin que nadie pudiese adulterar el sencillo relato de amor y alegría que emiten sus imágenes. Y para eso deberíamos tener claro que la fiesta solo puede ser el viaje de tres magos que, en su camino a Belén, llenan el mundo de felicidad. Pero España, la genial creadora de fiestas y relatos populares, está acomplejada ante el mundo, y se ve fea en el espejo. Y, presos de un laicismo iconoclasta y hortera, necesitamos emborronar todo lo bello, para mostrar nuestra lamentable modernidad en tomatinas, sanfermines, festivales playeros y botellones de diversa condición, que ofrecen la tenebrosa idea del país que estamos creando. Montados en esta ola llegaron los concejales que quieren reinventar las cabalgatas a la medida de su sectarismo e ignorancia. Y cada día tenemos más difícil explicarles a los niños por qué los Reyes pasan por aquí, cada año, en su camino a Belén. Suerte que los relatos creados por la Iglesia nunca fallan, y que, incluso en este rebumbio, graban en la mente de los niños la historia de Melchor, Gaspar y Baltasar, que, mientras buscan a un Niño acostado en un pesebre, entran en nuestras casas para dejarle a cada niño un beso y un juguete.

La fiesta solo puede ser el viaje de tres magos que llenan el mundo de felicidad.

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