El muro invisible del machismo


Está el famoso muro invisible del que hablan los sociólogos. Ese muro que separa a las generaciones más jóvenes de los mayores. Menos salarios. Más estudios, pero muchas dificultades para salir adelante. Pero encima está el otro muro: el muro visible. El que vemos un día tras otro en los informativos. El del terrorismo machista. Ese muro que en su parte más alta se afila y se convierte en agresión, en insulto, en sangre. Pero cuyos cimientos están pegados al suelo, arraigados en la sociedad. Ese muro que crece con la discriminación a la mujeres, a las jóvenes, a las niñas. En ese muro no se distinguen edades. Las adolescentes lo están denunciando. Muy jóvenes los chicos se creen con derecho a controlarlas a través del móvil. Como si fuesen un posesión. Todo les cuesta más a ellas. También menos salarios. Menos cargos de responsabilidad y todas las cargas. En los hogares, en las familias, en las relaciones. Ellas están obligadas a ser las intuitivas, las que resuelven. Un millón de veces al hombre ni se le espera ni comparece. ¿Muerden las lavadoras? No. Los que muerden son los tipos que agreden. Los depredadores. Esa parte alta del muro que vamos cimentando entre todos con el trato diferenciado, cuando pensamos que nuestras hijas pequeñas son princesas de un cuento que no existe, cuando aceptamos, por ejemplo, que nuestras hermanas recojan la mesa. Hay que cambiar la educación. Lo hay que cambiar todo. Porque la parte alta de ese muro es al sitio miserable al que se suben los individuos que creen que las mujeres están ahí para ellos. Que no entienden un no. No, dos letras. Este artículo ni siquiera lo debía escribir yo. Hay columnistas mujeres geniales en este periódico, en otros medios, que ya lo han explicado. Yo no recuerdo sentir miedo al volver a casa de noche con unas copas. Ellas sienten terror. Desde chicas. Saben lo que es. No tienen los mismos derechos. Y se les multiplican los deberes. El muro invisible entre generaciones existe y es un problema inmenso. Pero el muro visible es otro drama. Ese miedo que recorre la espalda como un iceberg y que solo lo puede contar una chica tras regresar de madrugada a su casa por calles o caminos vacíos. El eco de unos pasos. Es el terrorismo machista el que habla en esos momentos. No tiene otro nombre. Y todo lo que hagamos para que no haya más Dianas se quedará corto. Apenas un puñado de arena de una playa.

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