Puigdemont, Junqueras: dúo surrealista


Contaba Salvador Dalí, en una de esas performances de gran payaso surrealista que nos regaló en la última etapa de su inclasificable trayectoria, la forma en la que, según él, iba a producirse el apocalipsis. Más o menos (pónganle ustedes aquella forma suya inigualable de expresarse) la cosa era esto: «El fiiinn deel muundo serrráá unaaa inmensaaa traccaa de fuueegooss artificiiiciaalees que acaabaráá con dooosss paaalaaabras: ¡Viiivaaa Figueras!». 

La rebelión secesionista impulsada desde las instituciones por el independentismo ha sido daliniana no por la común procedencia regional de sus autores y la de un catalán y español universal, sino porque ha acabado en una payasada tan surrealista como la imaginada para el fin del mundo por Dalí: un expresidente que pretende gobernar Cataluña sin moverse de Bruselas y un exvicepresidente que pide recuperar la libertad, entre otras cosas, por ser un buen cristiano.

Carles Puigdemont se autoproclama, además, un exiliado; y Oriol Junqueras, junto con los que están con él en la cárcel de Estremera por orden judicial, un preso político, lo que es una extravagancia igualmente surrealista, pues comparte con el movimiento artístico al que Salvador Dalí perteneció uno de sus elementos esenciales: el irracionalismo. ¿O es que puede haber algo más irracional que ver a un fugado de la justicia pretendiendo que se le considere urbi et orbi un exiliado? ¿No es irracionalismo puro que personas encarceladas preventivamente por el riesgo de que reincidan en los presuntos delitos cometidos se consideren a sí mismos presos políticos y rehenes en manos del Estado? Vamos a aclarar concetos, que diría el gran Manquiña.

Un exiliado no es solo quien por razones políticas se marcha de un lugar, sino quien lo hace porque allí se le persigue por ejercer las libertades que reconocen las constituciones democráticas. Quien, tras haber cometido presuntamente uno o más delitos, huye de un país democrático para evitar ser perseguido por la Justicia que actúa con todas las garantías constitucionales de un Estado de derecho no es un exiliado sino un fugado, sean cuales sean las razones políticas que este utilice como excusa de su fuga. Por eso, Puigdemont tiene de exiliado lo que yo de cardenal.

Lo de los presos políticos secesionistas resulta de idéntico jaez: un preso político no es el que alega razones de tal índole como causa de su privación de libertad, cosa que hacen, por ejemplo, los terroristas de cualquier ideología. Un detenido adquiere la condición de preso político cuando se le encarcela por ejercer los derechos y libertades reconocidos en los estados democráticos, en ninguno de los cuales -tampoco en España- se permite violar el Código Penal aprobado por los representantes populares.

No: ni Junqueras es un preso ni Puigdemont un exiliado. Hay algo, sí, que tienen en común: su inmensa desvergüenza, compartida, por cierto, por quienes, con la misma cara dura, los apoyan.

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