Incompetencias lingüísticas (y II)

OPINIÓN

18 ene 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Planteaba en mi anterior escrito las endémicas dificultades de buena parte de nuestros ciudadanos para expresarse con cierta corrección lingüística. En la punta del iceberg se hallan aquellos cuyas competencias en este ámbito forman parte de su profesión. Así sucede con nuestros políticos, con una locuacidad inversamente proporcional a sus emolumentos, e incluso con locutores de radio y televisión, incapaces a menudo de emplear correctamente las preposiciones (con expresiones como «lo dijo desde el aprecio» en vez de «con aprecio»), los verbos (incapacidad para distinguir «deber» + infinitivo, que denota obligación, de «deber de» + infinitivo, que indica probabilidad) o de diferenciar entre expresiones como «poner de evidencia» (poner algo de relieve) y «poner en evidencia» (colocar a alguien en ridículo). Y, tal y como concluía en mi texto anterior, muchos universitarios, a los que hoy por inercia se les adjetiva como «la generación más preparada» (sic), se encuentran entre estos ejemplos de incompetencia lingüística manifiesta.

¿Y dónde radica el problema? Seguramente no existe una única causa, pero no parece complicado apuntar hacia alguna dirección concreta. Desde mi punto de vista, la docencia del lenguaje incurre desde hace años en un planteamiento excesivamente taxonómico y teórico. Se definen doscientos conceptos que, por si fuera poco, cambian de categoría constantemente, fruto de una incongruente Real Academia de la Lengua que se empeña en conferir al lenguaje una apariencia de ciencia exacta que no le corresponde. Porque, ¿qué ciencia puede basarse en unos postulados que se modifican cada dos años? ¿Es admisible (más allá del ánimo de lucro editorial) que recurrentemente expidan una «nueva gramática de la lengua», en la que reordenan todo como en el juego de Tetris, cambiando la nomenclatura y la clasificación gramatical? ¿Se imaginan ustedes el desconcierto y caos que se ocasionaría en las matemáticas si cada lustro (como poco) alteramos todos los conceptos, de modo que lo que antes llamábamos «multiplicar» ahora lo llamamos «operación aditiva progresiva» y que las restas dejen de sustraer cantidades para, por el contrario, adicionarlas?

Eso explica el que los manuales de lengua castellana también cambien constantemente. Hace unos días encontré en mi casa un libro de lengua y literatura de E.G.B. que le mostré a un compañero, siete años mayor que yo. Pues bien, ambos habíamos estudiado exactamente por ese mismo libro, y por esa misma edición, a pesar de nuestra diferencia de edad. Nos sorprendió la coincidencia hasta que nos percatamos de que estábamos pensando en los irracionales términos de la enseñanza actual, conforme a los cuales cada poco ha de publicarse un nuevo manual porque se altera la gramática de la R.A.E. (al margen de los intereses comerciales de las editoriales, claro está). Antaño, si el libro era bueno (y ese en concreto lo era, y mucho) perduraba.