Una mirada a la izquierda


No cabe duda que corren muy malos tiempos, tremendamente difíciles para la consolidación de derechos sociales, porque democracia y capitalismo siguen su camino conjugándose en un sistema, que si bien no supone ninguna novedad, que no se pudiera intuir, se está mostrando como algo sólido, si nos atenemos a las características actuales.

Da miedo como comienza el año 2018, con recortes brutales de  derechos, encarecimiento de la carestía de la vida casi insoportable, que agranda enormemente la brecha en la pérdida de poder adquisitivo que ya veníamos perdiendo de años atrás, trabajadores/as, pensionistas y las personas que lamentablemente su supervivencia depende de un salario social.

Hay razones para el desánimo y la incredulidad que se está generando en buena parte de esta sociedad, que no vemos salida a esta situación y que hace que muchas veces, nos preguntemos. ¿Dónde está la izquierda?

Es evidente la falta de confianza en la que se ha sumergido la izquierda política de este país, que debería estar presentando soluciones conjuntas ante esta grave situación, en vez de aferrarse al individualismo y liderazgos personales y partidistas, que sólo favorecen el momento actual. Una izquierda reformista, acomodada en el conformismo inocente e ignorante.

Una izquierda que lejos de ilusionar a los trabajadores/as los ha desmovilizado, llevándolos al más absoluto pasotismo social y político. La misma, que tras pactar hace más de treinta años la rendición política de los asalariados, no ha sido capaz de ofrecer a éstos, la idea teórica de una sociedad distinta a la que ahora nos toca sufrir.

Una izquierda aburrida, que no ha sido capaz de invitar a soñar en una sociedad más justa diferente a ésta, en la que cada vez que se sube un peldaño en la emancipación económica, se incrementa la distancia en la solidaridad de clase, aumentando la desigualdad y las injusticias sociales.

Una izquierda plomazo, que ni siquiera nos cuenta cuántos de futuras sociedades de hombres y mujeres más libres en las que sus uniones y desuniones personales, sus condiciones económicas, sociales y  políticas, no dependen de las decisiones de unos pocos privilegiados, si no que dependan de ellos mismos, de sus capacidades y necesidades, y de una sociedad en la que todo ésto, esté garantizado por la solidaridad y por el reparto justo de lo que entre todos/as produzcan. Izquierda que al no plantar cara, permite la injusticia y la desigualdad política y económica. Justicia e igualdad que son condiciones imprescindibles de la libertad.

Una izquierda gastada, que no teoriza sobre una sociedad tutora, donde se tutele la educación de todos los niños y niñas en condiciones de igualdad y libertad, y en función de sus propias necesidades individuales y generales.

Izquierda, que no proyecta la educación y formación hacia el pleno desarrollo de la humanidad de la persona, como ser social, libre e inteligente, que debe ser el principio básico de un modelo social distinto.

Una izquierda, que tampoco ha sido capaz, ni de promover la cultura y el conocimiento de organizarse al margen del Estado, para educar y formar, para informar y preparar a las personas en la realidad de un modelo social diferente. Donde la internacionalización lejos de ser puramente económica, sirva para erradicar las desigualdades económicas y sociales producidas por la procedencia, el género y las relaciones.

El problema de esta izquierda, es que la izquierda somos nosotros, todos/as los que deseamos una organización social distinta, más justa y más libre, y la esperamos desde la pasividad y el conformismo sin renunciar a nada, lo que nos hace sentirnos más cómodos e indiferente. Pero la realidad actual de tanta injusticia, debe hacernos reaccionar en un objetivo común, para poner freno a tanta desigualdad inasumible ya en un estado de derecho, donde la izquierda tiene una deuda pendiente con todas las personas que hoy sufren las consecuencias de un sistema, que no cesa en su idea de no permitirnos vivir con dignidad en una sociedad cada vez más desigual.

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