Nos chafaron el espectáculo


Once magistrados del Tribunal Constitucional nos han chafado el espectáculo. No veremos hoy, como los adictos al circo deseaban, a los agentes de la ley persiguiendo, cachiporra en mano, a Puigdemont por las alcantarillas de Barcelona. Ni al prófugo de Flandes penetrar en el Parlament disfrazado de monja o de lagarterana, escondido en el maletero del coche o descendiendo en parapente en el hemiciclo. Tampoco habrá conexión en directo con Bruselas para investir al primer presidente virtual de la historia, porque estos señores de toga y birrete adolecen de sentido del humor y continúan anclados en la prehistoria tecnológica.

Once magistrados, en obscena promiscuidad de conservadores y progresistas, han decidido desmontar la carpa que daba apariencia de legalidad al innovador tinglado. Ni investidura telemática, ni delegación de voto, ni presencia corpórea sin autorización del juez. Quien aspire a la presidencia debe comparecer a pecho descubierto ante sus señorías, con todas las de la ley, dispuesto a morir o vencer en la arena, como los intrépidos gladiadores del circo romano. Cualquier subterfugio para eludir esa resolución del alto tribunal será «radicalmente nulo y sin valor y efecto alguno».

Aprovecharon los once magistrados para propinar un tirón de orejas al Gobierno por intentar colocar la venda antes de la herida, el palo preventivo antes del delito, y hacer caso omiso del informe del Consejo de Estado. Pero el sacrificio de Soraya mereció la pena, porque obligó a los magistrados a trabajar de albañiles una tarde de sábado para taponar agujeros en la Constitución, como el sugerido por Felipe González: ahora ya sabemos, por si alguien albergaba dudas, que un elefante no puede ser investido presidente.

Sirvió también la resolución para recordar al señor Puigdemont y sus titiriteros ambulantes que la ley no es un burladero ni un chicle que puede masticarse a gusto, estirarlo a conveniencia y estallarlo en globitos. Un revolucionario lucha por demoler un régimen y combate la ley que considera injusta, no se esconde entre sus pliegues ni repudia el artículo A mientras se refugia en la disposición B.

Desconozco qué sucederá hoy en la prevista sesión de investidura. Descarto la irrupción de Puigdemont al modo Tarradellas -«Ja soc aqui»-, porque el valor no demostrado solo se nos supone a quienes hicimos la mili de antaño. Todas las demás opciones, incluidas las más grotescas e imprevisibles, quedan abiertas, porque la capacidad de épater les bourgeois por parte del prófugo resulta incuestionable. Le sobra imaginación al dueño del circo. Y también cobardía, como lo prueba su solicitud de amparo al jefe de pista, el pobre Roger Torrent, sobre cuya cabeza pende la espada de «eventuales responsabilidades, incluida la penal», si accede a las pretensiones del candidato.

En todo caso, ya nada será igual desde que los once magistrados decidieron desbaratar el circo. Cualquier paripé o sucedáneo sustitutivo nos dará derecho a exigir la devolución del dinero de la entrada.

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