Los calzones de Carles


Puigdemont ha perdido el taparrabos y se muestra en cueros. Lo que vemos, a través de los mensajes de móvil enviados a su fiel exconseller Antoni Comín, es un hombre derrotado: «Yo ya estoy sacrificado, tal y como sugería Tardá... El plan de Moncloa triunfa». Su causa, defendida con tesón y a distancia, ha embarrancado: «Supongo que tenéis claro que esto se ha terminado... Volvemos a vivir los últimos días de la Cataluña republicana». En sus palabras hay reproche para sus compañeros de viaje, pero también rastros de humanidad que muchos le negábamos: «Soy humano y también hay momentos en que dudo». Incluso acepta, con la resignación de quien percibe que se acerca la hora del juicio, que su figura política comienza a oler a chamusquina: «No sé lo que me queda de vida, espero que mucha, pero lo dedicaré a poner en orden estos dos años y proteger mi reputación».

A mí, salvando las distancias entre la causa que instruye el juez Llarena y el Apocalipsis de San Juan, la confesión a calzón quitado de Puigdemont me conmueve. Lo veo como uno de los personajes que, en caótico y angustioso revoltijo, plasmó Miguel Ángel en el ábside de la Capilla Sixtina: El Juicio Final. El genial artista los pintó desnudos, para escándalo de papas, obispos y beatos, que consideraron los frescos más propios de lugar tabernario que de templo sagrado. Y trataron de ponerle remedio. El pontífice tridentino Pío IV encargó a Daniele da Volterra, un manierista italiano, que cubriese con taparrabos los genitales de las impúdicas figuras. Cumplió Da Volterra la encomienda y se ganó así el mote de il Braghettone, el Pintacalzones, con el que pasó -tal vez injustamente- a la historia.

La contemplación de la maravillosa bóveda de la Capilla Sixtina me suscita un par de preguntas. ¿Acudirá Puigdemont al juicio terrenal desnudo y derrotado, como lo hemos visto en sus sms, o dispondrá todavía de braghettones que le pinten taparrabos y hojas de parra para disimular sus vergüenzas?

Y la segunda pregunta: ¿en qué figura del Juicio Final se percibe el rostro del expresident? Descartada la del ángel fieramente humano -«¡Ángel con grandes alas de cadenas!»-, para no embadurnar con asuntos prosaicos el feroz soneto de Blas de Otero, nos queda la candidatura de Biaggio de Cesena, maestro de ceremonias del Vaticano, a quien ciertamente Miguel Ángel no le dispensaba mucha simpatía. El feo y narigudo Cesena aparece en El Juicio Final reencarnado en Minos, rey del Infierno, que tiene orejas de burro y una gigantesca serpiente enroscada a su cuerpo musculoso. Cuando el buen hombre acudió sollozando al pontífice para quejarse del indigno tratamiento que le deparaba Miguel Ángel en su obra, parece ser que el papa Pablo III, exhibiendo el proverbial sentido del humor de los Farnesio, le contestó:

-Hijo mío, si el pintor te hubiese puesto en el purgatorio, podría sacarte, pero estás en el infierno y me es imposible.

Está por ver si el juez Pablo Llarena sigue el magisterio de Pío IV u opta por el de Pablo III.

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