Cuatro partidos después de la batalla


Los cuatro partidos mayoritarios se muestran encantados con el último barómetro del CIS. Lo que no deja de sorprender si bien se mira. Casi dan ganas de preguntarles, como en la serie homónima que algunos encasillan en el género del poshumor, «¿Y tú, de qué te ríes?» Porque yo no aprecio, en ninguno de los cuatro casos, motivos para exhibir esas caras risueñas.

Además de la estimación del voto por barrios políticos, la encuesta indica que disminuye la preocupación de los españoles por el vodevil catalán y se recrudece su malestar por la corrupción. Supongo que lo primero responde al hartazgo que suscita el culebrón, pero también a la creciente certidumbre de que no habrá ruptura ni desenlace fatal. Y esas no son buenas noticias, en términos electorales, para casi nadie. Unos porque tendrán que recuperar las plumas que se dejaron en el gallinero catalán, otros porque necesitan conservar o incluso ampliar el capital acumulado en la batalla contra el independentismo.

A Ciudadanos, antinacionalista por genética y marca de nacimiento, se le agota el principal filón que alimentó sus expectativas. El procés le proporcionó combustible de gran octanaje, pero ni siquiera con el depósito lleno y el viento soplando de cola ha conseguido remontar al PP. Sospecho que, a medida que Cataluña deje de generar insomnio en millones de españoles, al partido de Rivera le flaquearán las fuerzas y la cuesta se le hará cada vez más empinada.

No se avecina tampoco una singladura plácida para el PP y el Gobierno. Cataluña monopolizaba la agenda y le servía, por tanto, de alfombra y de coartada. Escondía transitoriamente las cloacas y justificaba su parálisis a la hora de abordar otros asuntos de interés público. Descorrido el velo, la corrupción vuelve a primer plano y los dosieres aparcados -paro y precariedad, Presupuestos, pensiones, financiación autonómica y local...- reclaman de nuevo atención y papel protagonista. El Gobierno sigue además atrapado en el laberinto catalán: la tentación de usar la billetera para pacificar Cataluña puede desatar rayos y truenos en el resto de España.

Tampoco el PSOE está para lanzar cohetes. Incapaz de formular un proyecto ilusionante de país, su España plurinacional y federal ha encallado en las aguas procelosas de Cataluña. Y el partido anda, como un boxeador sonado, repartiendo golpes a diestro y siniestro. Algunos, certeros y al mentón: la subida del salario mínimo, por ejemplo. Otros, al aire, como la propuesta de impuesto a los bancos para pagar las pensiones: ¿por qué no les exigimos antes que restituyan de una vez el dinero que les prestaron los contribuyentes?

Podemos y sus confluencias salieron escaldados de Cataluña. Pero ni sus flirteos con el secesionismo ni sus grietas internas han provocado el desplome que muchos augurábamos. Son quizá los únicos que respiran con alivio al mirar el barómetro del CIS: continúan en la cuadriga.

-Oiga, y si todos pierden, ¿quién gana?

Ganará, por poco, quien menos pierda. El tuerto será rey. Y no se consolará el que no quiera.

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