La gran noche de Mariano


El baile de Mariano Rajoy, en el transcurso de una boda en Murcia, me ha conmovido. Sonaba Mi gran noche, uno de los éxitos de Raphael, y el presidente se lanzó a pista abierta en compañía de un ramillete de damas que asistían a la fiesta nupcial. Alguna fibra se me removió en el desván de la memoria y, de repente, me vi emocionalmente más próximo al paisano que tantas veces critiqué. Una corriente de simpatía fluyó entre los polos. Quizá porque los dos bailamos con la gracia -escasa, me temo- que Dios nos ha dado y el ministro Catalá se encarga de recordarnos. O porque ambos, diferencias de alcurnia al margen, somos carne de guateque macerada en los años del desarrollismo.

Comprendí entonces, al hilo de la letra que Rafael de León -marqués de Moscoso y conde de Gómara, poeta menor del 27- compuso para consumo interno de los españoles, la soledad del líder y sus desvelos. Su afán por desentrañar, mientras sestea, los insondables misterios de la política española: «Qué pasará, qué misterio habrá, / puede ser mi gran noche. / Y al despertar ya mi vida sabrá / algo que no conoce». Su repudio de la transparencia y de la luz, porque el goce y las cuentas mejoran cuando se apaga la lámpara de la mesilla: «Descubriré que el amor es mejor / cuando todo está oscuro». O su deseo de evadirse, como el fraile agustino de León, del mundanal ruido: «Olvidaré la tristeza y el mal y las penas del mundo».

Existe solamente un obstáculo que impide mi plena identificación con Mariano: él es seguidor pertinaz de Raphael, yo soy más de Adamo, don Salvatore, el genuino intérprete de Mi gran noche, que en origen llevaba por título Tenez vous bien. Musicalmente no existe gran desviación entre las dos versiones: se asemejan tanto como el PP a Ciudadanos. Pero las letras son diametralmente opuestas: tanto como las que enfrentan al PP y Ciudadanos. El conde de Gómara edulcoró el texto canalla de Adamo, que además rezumaba machismo de la época, tal como le había prometido a Raphael: «Te voy a hacer una letra como Dios manda». Y le salió aquella cosa sensiblera y una pizca cursi, pero ajustada a los cánones de lo políticamente correcto.

Aunque ciertamente iconoclasta, la versión de Adamo se ajusta mejor al contexto de la gran noche de Mariano. Ya el inicio parece evocar la paternidad aznarista del líder: «Cansado ya de aguantar a papá decidí emanciparme». De seguido, solo con reemplazar chicas y palomas por votantes y gaviotas, la canción nos introduce en su probada capacidad de seducción: «Bailé con chicas que estaban muy bien, que a uno le ponen mal, / pero ellas vieron que yo era también un chico fenomenal. / Como palomas a mi alrededor las vi revolotear, / aquella noche yo fui el cazador y el amo del palomar [...] / El caso fue que las hipnoticé con solo una mirada». Y por si aún quedan dudas, sepan que el bailarín, incansable, aspira a repetir: «Quiero otra vez el poder fabricar los más bellos ensueños, / puedo pagar, un obrero yo soy, otra copa y me marcho».

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