Antivacunas, ni ciencia ni conciencia


En los últimos tiempos afloran los expertos en el arte de complicarse la vida. Unos se automedican sin piedad, pero otros reniegan de los antibióticos con receta. ¿Quién quiere la tranquilidad de un medicamento pudiendo morir con una simple otitis?

En muchas partes de África darían cualquier cosa por agua tratada del grifo o la embotellada. Pero en Silicon Valley otros están locos por eso que han bautizado como «agua cruda» y pagan fortunas por litros que no han pasado ningún tipo de filtro o de proceso químico. ¿Para qué saciar la sed con seguridad si hay la posibilidad de tragarse parásitos, bacterias y virus?

Millones de personas luchan contra el cáncer con todas las armas médicas. Pero los hay que lo tratan con lejía o con una dieta de frutas. ¿Para qué intentar salir adelante?

Las vacunas son un lujo en no pocos países; allí cada campaña es considerada una bendición para los pequeños y sus padres. Pero en Europa los casos de sarampión se disparan porque va calando el mensaje de que los que defienden la inmunización son peones de una conspiración mundial. ¿Para qué protegerse con un simple pinchazo cuando se puede disfrutar del suspense de una dolencia que no deberías haber padecido?

En el Reino Unido la fiebre antivacunas se extiende entre los que tienen mascotas. Quizás sea para ampliar el amplio menú de enfermedades que una persona puede contraer en su vida añadiendo platos fuertes como la rabia.

Estamos ante una epidemia de esnobismo. No sigan al rebaño, a ese rebaño que estaba consiguiendo enterrar enfermedades que han matado a millones de seres humanos. Sálganse del camino y recen para que no aparezca el lobo. No se vacunen, ¿no ven que esas enfermedades prácticamente ya no existen? ¿Y por qué no existen? Pues bueno, será cosa del azar y no de los índices de vacunación. Sospeche de la mayoría de los médicos y de los científicos, esos siniestros personajes. Desconfíe de todo y de todos, menos de un buen charlatán.

El que quiera jugar a la ruleta rusa está en su derecho, pero que lo haga de forma literal, que no le ponga la pistola en la sien a sus propios hijos ni a los vecinos. Algunos, ni ciencia ni conciencia.

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