El mono de Kubrick está en Barcelona


Después de destruir la convivencia ciudadana, dañar gravemente el tejido industrial, lastrar la recuperación económica y provocar la suspensión del autogobierno, la alianza entre populismo e independentismo -y perdón por la redundancia- camina con paso firme hacia la aniquilación del mayor patrimonio de Cataluña, y de Barcelona en particular: su imagen de modernidad y su reputación internacional como territorio cosmopolita, pujante en lo empresarial, vanguardista en lo cultural y refinado en lo estético. El espectáculo de provincianismo, cutrez política y enanismo diplomático que ese retrógrado nacionalpopulismo está ofreciendo al planeta durante el Mobile World Congress (MWC) convierte lo que debería ser una plataforma para que Cataluña se muestre al mundo y atraiga inversión extranjera en una grotesca campaña de publicidad autodestructiva que magnifica a escala global el daño que el esperpéntico procés ha causado ya.

Aunque la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, aproveche una vez más para culpar de todo al Estado español, su empeño en cargarse el MWC viene de lejos. Ya en su primera rueda de prensa tras las elecciones municipales amenazó a los organizadores con cancelar el contrato y cuestionó el beneficio que supone para la ciudad un evento que deja cada año en sus arcas 470 millones de euros y genera 13.000 empleos. Un discurso troglodita y letal para sus gobernados, que confirmó luego con su campaña en contra del turismo, su respaldo al movimiento okupa y su desprecio a la candidatura de Barcelona como sede de la Agencia Europea del Medicamento, en la que el Gobierno y las instituciones españolas se volcaron, recibiendo a cambio insultos y caceroladas como las que Colau, Torrent y los suyos promueven ahora contra Felipe VI.

Es evidente que Barcelona va a perder la sede de esta gigantesca feria tecnológica, porque la imagen de una ciudad tomada por unos trabucaires y violentos Comités de Defensa de la República -como si aquello fuera la Comuna de París-, la de unas instituciones puestas al servicio de un pirado que pretende convertir un chalé alquilado en Waterloo en la corte del emperador de una Cataluña gobernada a distancia, o la de una alcaldesa tan ayuna de principios democráticos que el propio rey tiene que recordarle que el deber de un jefe de Estado es «defender la Constitución», no es la que más conviene a una industria que lo que pretende es proyectarse hacia el futuro y vender globalidad, y no retroceder al tamtam y promocionar el catetismo cerril, paleto y aldeano.

El daño está ya hecho, pero quizá no haya mejor metáfora que este cavernícola empeño autodestructivo para que los catalanes comprendan a dónde les está conduciendo esa alianza nacionalpopulista. El cineasta Stanley Kubrick filmó la mejor elipsis de la historia al pasar del plano de un mono blandiendo un hueso a uno de una nave espacial. Ahora, Colau, Iglesias, Puigdemont y Junqueras pretenden convertir esa genial elipsis en un siniestro flashback. Esperemos que no lo consigan.

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