Caramelos para el abuelo


Los abuelos, esos señores y señoras que cuidan los nietos y apuntalan con su magra pensión la economía familiar, se han sublevado. Y el Gobierno del PP, que siempre halló en la edad otoñal un inagotable filón de votos, ha encomendado al ínclito Montoro la misión de apaciguarlos con un puñado de caramelos. Como a los niños en las cabalgatas de Reyes, pero esta vez en forma de deducciones en el impuesto sobre la renta. Pagarán algo menos los pensionistas de edad «muy avanzada», medida que se justifica por los «costes inherentes» a la vejez. No dijo más el ministro, otras veces tan locuaz, pero basta para disipar la ilusión.

Los caramelos serán, pues, pocos, baratos y mal repartidos. Una filtración indica que podrán acogerse a la deducción solo quienes hayan cumplido ochenta años. Pero supongamos que, en un gesto de prodigalidad de última hora, se rebaja el listón a los 75 años. Y ahora, con los escasos datos disponibles -los exactos se los reserva el ministro-, intentemos reconstruir el impacto de la medida en Galicia.

Solo 290.000 de los 760.000 pensionistas gallegos tienen 75 o más años de edad. Un 38 %, poco más de la tercera parte. Esto ya excluye de entrada a seis de cada diez: pueden seguir manifestándose por las calles, que para ellos no hay caramelos. Pero no canten victoria los 290.000 que ya han vivido tres cuartos de siglo. La mitad de estos perciben una pensión igual o inferior a 636,1 euros al mes, que esa es la mediana de la serie en ese tramo de edades. En consecuencia, nada pueden deducir porque nada pagan en concepto de IRPF: sus ingresos no alcanzan el mínimo exento de 12.000 euros anuales. Nos quedan aún 145.000 posibles beneficiarios, pero tampoco, porque todavía hay que excluir a los que perciben catorce pagas que superan los 636,1 euros pero no alcanzan los 850. Conclusión: solo tendrán caramelo, cualquiera que este sea, entre el 6 % y el 12 % de los pensionistas gallegos.

A mayores, el reparto de la prebenda será regresivo y falto de equidad. Beneficia únicamente a los pensionistas que tienen obligación de presentar declaración de la renta: los que cobran más de 858 euros -o más de mil, si el mínimo exento se eleva a 14.000 euros anuales, como está pactado con Ciudadanos-, pero nada mejora el pensionista medio gallego, quizá porque quien percibe 700 u 800 euros al mes ya está acostumbrado a soportar estoicamente los «costes inherentes» a la vejez.

Pero hay algo más. Si con esa rebaja fiscal dirigida a los mayores en años y en pensión pretende el Gobierno amansar a los abuelos, debemos concluir que el caramelo está envenenado. Se les da gato en vez de la liebre que piden. Una deducción en el IRPF supone una mejora puntual para quien pueda aplicarla, pero no soluciona el problema de fondo: la paulatina pérdida de poder adquisitivo de los pensionistas. No nos engañemos con nominalismos ni con la cantidad de billetes que metemos en el bolsillo: las pensiones bajan. Los pensionistas son más pobres que ayer y menos que mañana. Y esto no se arregla con los caramelos de Montoro.

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