¡Ahora, ahora, ahora y siempre el Brujo!


Cuando corren ríos de tinta analógica y digital sobre la figura de Quini, y cuando su trágico y prematuro fallecimiento se ha convertido en una explosión de duelo y recuerdos interminables, todo este cóctel de emociones me lleva a reflexionar sobre el deporte de élite a través de la figura de El Brujo.

Pienso en lo complicado que tiene que ser para una persona que llega a la cima del virtuosismo técnico, de la popularidad, del éxito en todos los aspectos de la vida, «reconvertirse» a la cotidianeidad al llegar al final de una ejemplar carrera deportiva.

Si a los mortales comunes nos cuesta mantener día a día el equilibrio psicológico, imagino lo que debe ser cuando te ves rodeado de todo lo que engloba la condición humana en grado superlativo: la bondad por supuesto pero también la mentira, la adulación, la manipulación, la gorronería y un largo etcétera que no vale la pena ni reproducir. Supongo que hay que ser un auténtico superman (o superwoman) para remar con todo eso y llegar a una orilla acogedora para el corazón de uno mismo.

Mi impresión personal sobre los «mitos» que he tenido el honor de conocer, y Enrique de Castro no es una excepción, es que están muy solos y a menudo son incomprendidos en su expresión y en sus objetivos más profundos, aunque socialmente levanten pasiones entre sus seguidores.

A menudo, el tratamiento personal a los «mitos» se queda en «políticas de gestos vistosos», más que en acciones anónimas que sirvan de apoyo a la vida real de la persona.

Pienso que la figura de Quini, admirada y adorada con todo merecimiento por los amantes del fútbol y por el público en general, no tuvo en vida la debida consideración. Tal vez en otra latitud más civilizada que la nuestra El Brujo habría tenido cometidos y funciones propias de un genio del deporte, y no habría quedado constreñido a un fenómeno local o regional. Pero una vez más, reproducimos el «eterno» comportamiento de menospreciar la transferencia del conocimiento de aquellos que son «top» profesionalmente, y que tienen cualidades personales idóneas para transmitir con generosidad y motivación ese conocimiento que han ido atesorando a lo largo de su vida en esa mágica mezcla de talento y experiencia.

El Brujo lo tuvo todo para ser más algo más que un mito o una leyenda viva: talento, experiencia, humildad y una infinita capacidad de seducción social (eso que se suele llamar carisma).

A mí me queda la sensación de que lo hemos disfrutado poco, o de que hemos aprovechado escasamente su sabiduría (y digo aprovechar en el más noble sentido del término), de que le hemos hecho poco caso. No sé, me queda una sensación agridulce que ni siquiera el sonoro y sentido grito de despedida en el El Molinón «Ahora, ahora, ahora Quini ahora» podrá mitigar.

Dicen que el número nueve es el del liderazgo, la sabiduría y la magia. Para los hindúes incluso es el del Creador, y en el cristianismo tiene igualmente connotaciones sagradas. Tal vez no es casualidad que Enrique de Castro González fuese apodado el Brujo…

Tal vez no es casualidad que Quini haya recordado viejos tiempos con Puche hace nada, o que se emocionase con el reconocimiento de la afición solicitando la puerta número 1 del Molinón para su hermano Jesús hace pocos días, o que fuese a dar el último adiós a su entrenador Carriega hace un par de semanas… Tal vez nada es casualidad…

El miércoles en los pasillos del Molinón sentir el corazón destrozado de futbolistas y compañeros de Quini como Joaquín, Cundi, Redondo, Echevarría, Ferrero… y muchos otros, me dio una idea aún más certera de la dimensión de la persona y compañero que fue Enrique de Castro González.

Como ocurre tantas veces, ahora, ahora, nos faltan horas y días para homenajearle, para recordarle, para contar cuánto le admiramos o le quisimos, pero tal vez pudimos hacer algo más o mucho más cuando vivía.

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