Mujeres a pie de página


Asistimos hoy a un acontecimiento inédito que será recordado por las generaciones futuras: la primera huelga feminista en la historia de España. Las mujeres, en pie, dispuestas a conquistar la plenitud de derechos civiles y la igualdad entre sexos. Bajo un lema que, de tan obvio, nunca le prestamos atención: «Si las mujeres paramos, se para el mundo».

Mi humilde contribución a este día histórico -adjetivo que, por manido, no suelo utilizar- consiste en añadir una reivindicación al movimiento: rescatar a la mujer de la penumbra de una historia escrita por varones. Mujeres singulares que, encadenadas a roles subordinados, lograron romper tabués y hacerse escuchar en su época, pero acabaron condenadas al ostracismo o relegadas a un pie de página por la historiografía dominante.

Citaré media docena de ejemplos y obviaré aquellas voces que, por su potencia -las de Rosalía de Castro, Concepción Arenal o Emilia Pardo Bazán-, no hubo sordina capaz de apagar su eco.

Citaré a Carolina Otero, hija de soltera y de la pobreza, violada a los once años por un zapatero, la Bella Otero que deslumbró a media Europa y se erigió en el icono de la Belle Époque antes de morir sola, ludópata y abandonada en un mísero cuarto de Niza. Y a María Vinyals, la Marquesa Roja, que renunció al esplendor de los salones galantes para convertir su castillo de Soutomaior en el hospital Lluria, donde curaba enfermos, cobijaba a izquierdistas peligrosos como Pablo Iglesias o Giner de los Ríos, denunciaba -¡en 1906!- la situación «anormal y arcaica» de la mujer y reclamaba igualdad jurídica entre los dos sexos. Y a Emilia Docet, elegida Miss España 1933 con solo diecisiete años, galleguista culta y consumada deportista, partícipe en el «mitin das arengas» al lado de Castelao y Bóveda, quien confesaba a un periodista interesado en saber cómo le sentaba el título de reina de la belleza: «A maior alegría da miña vida será o día en que á nosa terra se lle conceda o seu Estatuto».

Mencionaré a Sofía Casanova, periodista insigne, testigo de la lucha de las sufragistas inglesas, entrevistadora de Trotsky, corresponsal en las dos guerras mundiales y repudiada por su marido -un noble polaco- porque solo parió hijas que no perpetuaban el apellido paterno.

Y a Corona González, de identidad desconocida -viuda del indiano Ramón González, según algunas hipótesis-, que reivindicaba, desde las páginas de A Nosa Terra, el acceso de las mujeres a la educación y el trabajo «para ser independentes» y advertía -¡en 1927!- que «non é necesario o casamento, nin ser monxa, para ser feliz neste mundo». O a Enriqueta Otero, maestra y guerrillera, la Pasionaria gallega que se dejó veinte años de su vida en las cárceles franquistas.

Pero la injusticia mayor, porque ni siquiera aparecen en el pie de página de la historia, la cometimos con las campesinas gallegas.

Nuestras madres y abuelas: araban y segaban los campos, parían y criaban recuas de hijos, y a mayores facilitaban el reposo del guerrero. El reposo que a ellas se les negaba.

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