Un Gobierno bajo el síndrome del estupor catatónico


Aunque profano en la materia, me atrevo a diagnosticar la enfermedad que aqueja al Gobierno de la nación: estupor catatónico. El síndrome lo definen los manuales de medicina en estos términos: actividad motora muy lenta que puede llegar a la parálisis y a la interrupción del contacto del paciente con su entorno. Podemos discrepar acerca de las causas del mal, pero el cuadro patológico parece evidente. El Gobierno deambula por el ring político como un boxeador sonado, que recibe una lluvia de golpes por ambos flancos y apenas es capaz de levantar los brazos para defenderse. Creo, a la vista de los síntomas, que se acerca su fin de ciclo. 

Puestos a escudriñar en las causas de la impotencia, conviene remontarse a su origen. Este Gobierno nació débil, escuchimizado, en flagrante minoría. La abstención socialista permitió el parto, pero enseguida se vio que nadie estaba dispuesto a facilitarle a la criatura un plácido desarrollo. Al contrario. Ya desde la incubadora observó el Gobierno, con el desconcierto de quien venía acostumbrado al ordeno y mando de la mayoría absoluta, que sus reformas más queridas eran cuestionadas y sometidas a revisión. Desde la reforma laboral al factor de sostenibilidad de las pensiones, pasando por la ley mordaza o la prisión permanente. La corrupción, muy especialmente el hedor que emanan las letrinas de Génova, se hizo omnipresente al llegar los casos a los tribunales. Cataluña le supuso un alivio momentáneo, porque desvió la atención de otros asuntos vidriosos y concentró las iras de la españolidad en una cruzada contra el separatismo rebelde. Pero solo fue un espejismo: el PP pagó una dura factura y Ciudadanos se dio el festín. El Gobierno pasó del asombro al estupor. Aún sigue aturdido.

Pero el castigo más contundente lo está recibiendo el Gobierno en el terreno que, a priori, le era más propicio: en el ámbito de la economía. Sobrevivió a los guantazos y la gestión de la crisis y encalla en el período de recuperación. Atraviesa sus peores momentos cuando, en palabras de Rajoy, España protagoniza «la etapa expansiva más larga de nuestra historia». ¿Qué está sucediendo? Simplemente, que las víctimas de la crisis exigen su cuota en la expansión. El PIB recuperó ya el nivel del 2008, pero los ciudadanos no lo notan ni en su vida ni en su cartera. ¿Quién se está quedando con las ganancias?

Auguro que serán los pensionistas quienes le propinen al Gobierno el golpe definitivo. Y no porque fueran ellos los principales damnificados de la crisis, sino porque son ahora las víctimas de la recuperación. Los leales que llenaban de votos las alforjas del PP han dicho basta. Y la Moncloa entró en fase de estupor catatónico.

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