Cuando la luna se acuesta en Oviedo

Belén Suárez Prieto

OPINIÓN

26 mar 2018 . Actualizado a las 11:52 h.

Cuando me dispongo a subir la calle Martínez Vigil, antigua entrada a la ciudad para quienes venían desde Gijón, veo las ventanas del edificio de Cruz Roja, que muestran la vida de dentro, en el primer piso, muestran parte de la vida y la que no muestran se adivina. Están dentro las luces encendidas y unas pantallas de televisión, donde corren las imágenes, bajan desde el techo, mirando a las butacas, adivinadas, de las personas que reciben tratamiento de diálisis, adivinadas. Miro hacia las ventanas, cada vez que me dispongo a subir, y veo muchas veces a alguna enfermera inclinada hacia la butaca, con uniforme blanco y mascarilla en la boca. Es por la noche y la luna nos mira, a quienes reciben tratamiento, a las enfermeras, a mí; la luna, acostada, nos mira, nos ilumina y nos protege.

Este es un trozo muy pequeño de una ciudad muy pequeña, de una ciudad de provincias, anodina, como cualquier otra, hermosa, tantas veces, fea, unas cuantas, rutilante e indecente, mojigata y canalla, llena de alegría y de ganas de seguir adelante e indolente. Herida muchas veces, curada casi tantas. Curada por quienes viven en ella, cuidada como cuidan las enfermeras en Cruz Roja o como cuida la luna.

Un trozo muy pequeño de Oviedo, mi ciudad. Que me gusta mucho este trozo, por ser puerta que se franquea, porque la vida de dentro del edificio se muestra a la calle, porque hay personas que necesitan cuidados y hay otras que hacen su trabajo, se inclinan un poco y cuidan. Porque la ciudad son las personas; el resto, aunque a veces parezca al revés, es accesorio y contingente.