Confianza y política, ¿términos antitéticos?


Hace mucho tiempo que vengo observando la abierta y descarada irresponsabilidad sistémica en la vida política. Está claro que la democracia representativa es profundamente imperfecta, seguramente no tanto en su diseño estructural, sino en el hecho de que quienes le dan vida y la hacen efectiva están avezados a una mala praxis.

Y es que las malas prácticas están a la orden del día en la vida política y no estoy hablando en modo alguno de la corrupción que más suele doler y escandalizar en este país ? que es la de meter la mano en el “caxón” público para el enriquecimiento personal -.

Cuando hablo de malas prácticas me refiero, por ejemplo, al mal entendido sentido de la confianza que se maneja en política: en muchas ocasiones los llamados cargos de confianza, tanto en el poder legislativo como en el ejecutivo, no son los que tienen el perfil más adecuado, o los méritos profesionales y conducta personal más idónea para las tareas que deberían desempeñar. A veces ser de confianza es ejercer un comisariado partidista y sectario al servicio de los intereses de un conglomerado de poder, de ésos que crecen en el entorno de las organizaciones políticas y sindicales. Por supuesto este tipo de confianza se paga bien: Para ejercer determinadas funciones no se exige nada de nada, ningún tipo de capacitación o aptitud, ningún curriculum vitae, tan solo una actitud amable ? que puede llegar a lo servil ? con quienes tienen el poder político en ese momento. Para ser de confianza no hay que marcarse objetivos ni resultados acorde un plan de empresa, basta con no incomodar al que manda, con no brillar en modo alguno, y con trabajar lo justito. Eso sí, tener ideas o iniciativa está muy mal visto, tanto que puedes terminar en la hoguera del olvido, en el paro, o en el “Walhalla” de los pensadores indeseables.

Pienso a menudo que la razón de que la confianza se entienda tan a la inversa de lo que realmente es, de que haya tanta irresponsabilidad en el ejercicio político, y tanta desidia en el desempeño de las tareas correspondientes, se debe a que la democracia representativa ? ésta que tenemos ? ha convertido la vida y la carrera política en uno de los negocios más fáciles que existen. Entrar en política e ir en una lista electoral es para muchos una auténtica lotería, en la que han jugado una vez y les tocó el gordo -. No tienen ninguna exigencia para ir en esa lista, y obtener escaño les garantiza unos más que dignos emolumentos para hoy y para siempre, y todo sin tener que fichar, sin tener un horario fijo, sin tener que presentar resultados al trimestre o al semestre, y con todo un “equipo de confianza” alrededor, de mucha confianza, de tanta que replica el mismo esquema de irresponsabilidad hasta el infinito…

Por eso, igual no es importante negociar, alcanzar acuerdos, evitar las repeticiones electorales, etc. Total, el negocio político funciona igual o mejor. ¡Y es que la demagogia de poco pelo y de la posverdad es tan rentable!

Si hasta el mismísimo Alfonso Guerra nos advierte de que los españoles vamos a echar en falta el bipartidismo, y que somos unos ingratos por arrinconar al Rey emérito por una cacería de nada…

Os confieso que a mí tan hondas reflexiones me dan que mucho que pensar, especialmente cuando vienen de una persona que sabe tanto del ejercicio político responsable y de la confianza que éste requiere por parte de los ciudadanos.

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