Las víctimas de Cifuentes


Achicharrada, compuesta y sin máster, Cristina Cifuentes se ha propuesto morir matando. Sus artimañas y mentiras para exhibir un título que nunca existió dinamitaron su carrera política y causaron un roto descomunal en el PP. Pero ahora, con el concurso de su propio partido, puesto que el daño ya está hecho, utiliza el ventilador para esparcir la porquería en todas las direcciones. Hay al menos un par de piezas en su punto de mira.

La primera víctima se llama Universidad Rey Juan Carlos. El fraude de Cifuentes destapó la cloaca que preside la institución y el hedor se propaga -todos bajo sospecha- sobre los profesores y los títulos que expide, regala o vende el centro. El tufo alcanza a las demás universidades públicas e impregna los birretes, togas y vaqueros del más honesto de los rectores, del profesor incorruptible y del alumno que se deja las pestañas y la piel en el aula. Deberían ser indemnizados por daños irreparables ocasionados a su imagen.

Aparte están las víctimas políticas. Que el caso Cifuentes ha dañado al PP resulta evidente: su paloma blanca, la encargada de limpiar las letrinas de Esperanza Aguirre y conservar el poder en la capital del Estado, ha sido abatida. Pero no le conviene a Rajoy enterrarla precipitadamente: todavía puede prestar algún servicio que minimice los daños. Presumo que el presidente, en el momento de abrazarla en el cónclave sevillano, le susurró al oído: «¡Sé fuerte, Cristina!». La universidad regala másteres, pero Rajoy no regala presidencias de comunidades autónomas. Y, además, la cazadora cazada aún puede cazar una pieza de caza mayor: Ciudadanos. Y tal vez causar algún rasguño al PSOE. Aguanta, Cristina.

A Ciudadanos este embrollo lo pilló con el pie cambiado. Atrapado en el dilema, solo baraja cartas de perdedor. Si apoya la moción de censura de la izquierda, su decisión le pasará elevada factura electoral. Si no la apoya, será acusado de proteger la corrupción que se comprometió a combatir, por escrito y con inaudita concreción y detalle -¿qué sospechaba el meticuloso redactor del tercer punto del acuerdo de gobierno?-: «Separación de cualquier cargo público que haya falsificado o engañado en relación a su currículo su cualificación profesional o académica». La tercera vía, la cacareada comisión de investigación que proponía para ganar tiempo, se la acaba de cegar el PP. Cifuentes no dimitirá ni la obligarán a dimitir. Vaya embolado, amigo Rivera.

Más risible me parece el intento de involucrar al PSOE en la génesis del escándalo. La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero; o Garganta Profunda, cuya identidad tardamos treinta años en conocer, o Salvador Perelló, que al parecer así se llama el filtrador socialista. Irse por los cerros de Úbeda -los clásicos, que eran más finos, llamaban apoplanesis a esa figura retórica- tiene corto recorrido como alegato defensivo.

-¿Mintió o no mintió, señora Cifuentes?

-Agradezco su pregunta, pero lo realmente importante es conocer el origen de la cacería...

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