Educación segregada. También por sexos

OPINIÓN

05 nov 2020 . Actualizado a las 11:30 h.

Abundan los cantores al capitalismo y su intrínseca perfección. Pero con el capitalismo pasa como con la inmortalidad que, como decía Borges, es una convicción rarísima. De hecho, las palabras que definen la esencia del capitalismo se refieren siempre a una parte de la población, nunca se dicen para todos, como sería el caso si se dijeran en serio. Cuando se habla de competitividad o eficiencia se habla siempre a los de abajo. La competitividad y la eficiencia se invocan para despidos, bajadas de salarios o mermas de los servicios públicos. Los grandes sólo compiten cuando no hay más remedio. Los grandes de verdad intentan siempre eludir la competencia. Prefieren tratar con los poderes públicos como decía aquel personaje de Chirbes, «se necesitan cere­moniales, ritos, saber […] cuándo tienes que seducir­, acariciarle la nuca a alguien, hablarle suavemente al oído, rozándole con los labios la oreja, cogerlo por los riñones, abra­zarlo, acariciarle los lomos, […] cuándo toca dejar caer una frase que sabes que se le ajusta al otro entre dos miedos y trabaja como una palanca […] conocer en qué punto una pizca más de presión quiebra el caparazón». Sin embargo, cuando se utiliza la palabra libertad, nunca se habla para los de abajo. Los cantos a la libertad siempre son para proteger intereses de las alturas. La enseñanza sabe mucho de esas cosas. Si oímos sostenibilidad o eficiencia, es que aumentará el número de alumnos por aula o desaparecerán desdobles de idiomas. Si oímos libertad, siempre habla el Opus, el obispado, el PP o la Concapa. Precisamente ellos, a quienes nada debe ninguna de nuestras libertades. Siempre es algún poderoso o representante de poderosos porque a ellos se dirige la palabra libertad, por hermosa que sea tal como está en el diccionario.

Y en nombre de esa libertad que no va en serio se vienen entregando cada vez más recursos públicos de la enseñanza a la Iglesia. Si no fuera por intereses ideológicos espurios, sería fácil convenir los límites o la conveniencia de la concertación de centros. Los límites son dos: no se puede emplear dinero público para desregular de hecho la educación; y no se puede emplear dinero público para que la educación intensifique la segregación social. Hay desregulación de hecho cuando no suceden las cosas como prevén las leyes. Hay segregación social cuando el sistema educativo no corrige las diferencias de oportunidades de quienes nacen en familias mejor y peor acomodadas. Si las leyes dicen que España es un estado laico en el que tenemos derecho a una educación de la máxima calidad ajena a dogmas religiosos, pues exactamente eso es lo que debe ocurrir y la obligación de los poderes públicos es que eso sea lo que ocurra. La segregación social, el hecho de que haya una correlación entre nivel de estudios y nivel económico o social, debe combatirse por tres motivos: porque es injusto social e individualmente; porque es ineficiente para el país; y porque es peligroso en sociedades con cada vez más mezcla de culturas porque se contribuiría a la creación de guetos. Quienes crean que tiene su función la concertación de centros no deberían tener problemas para aceptar estos dos límites obvios: que no se creen situaciones de hecho desreguladas y que el sistema educativo no cree segregación.

Pero la vocación de adoctrinar a través del sistema educativo es feroz. Se denunció, tal vez con razón pero desde luego con hipocresía, la voluntad del nacionalismo de adoctrinar en la escuela. Pero la hostilidad indisimulada del PP con la enseñanza pública y la desmesura con que fomentan y favorecen la enseñanza concertada no tiene más fundamento que la apetencia de que la Iglesia influya lo más posible en la enseñanza; es decir, el adoctrinamiento puro y simple. El soporte argumental es esa palabra que nunca se dice en serio para todos: la libertad, que se quiere confundir torticeramente con desregulación y falta de reglas, con no poner trabas a que los centros de la Iglesia puedan elegir el tipo de alumnos que quiere formar y los padres puedan elegir el tipo de compañías que quieren para sus hijos, todo ello a cargo del dinero de todos. Si hubiera alguna forma de enfocar civilizadamente la concertación de centros, desde luego no sería esta.