La mentira de Montoro


Confieso que esto de la mentira -sus tipos, su función social, su mayor o menor gravedad- siempre me ha parecido un tema intelectualmente apasionante. Y no para condenarla en juicio sumarísimo, porque hay mentiras que salvaron vidas, mentiras piadosas reconvertidas en meros gestos de cortesía -«te veo más joven que nunca»- e incluso mentiras «nobles» que, en la acepción de Platón, mantienen la armonía social en la polis. En el ámbito político, donde prima el arte de la persuasión, técnica manejada con destreza desde los sofistas griegos hasta los actuales propagandistas de la posverdad, tampoco faltaron tratadistas que defendieron la utilidad de la mentira. Como el maestro Maquiavelo: «Un príncipe de nuestros tiempos, al cual no está bien nombrar, jamás predica otra cosa que paz y lealtad, y en cambio es enemigo acérrimo de una y otra; si él las hubiera observado, muchas veces le habrían quitado la reputación o el Estado». Mintiendo, conserva la reputación y el Estado.

Descarto que Cristina Cifuentes haya leído a Maquiavelo, puesto que no acudió a la clase en que tocaba. Y por eso sus mentiras, además de estériles, pertenecen al género contumaz y compulsivo. Se trata simplemente, una vez que te han pillado con el carrito del helado, de acumular mentiras en capas sucesivas para intentar ocultar el pecado original. Y acabas extraviándote en la jungla de tus propios embustes y llevándote por delante la flora y la fauna que te protegía.

De otra naturaleza y de más difícil clasificación resulta esta aseveración de Cristóbal Montoro: los Presupuestos para el 2018 son «los más sociales de la historia». La denominaré, provisionalmente, mentira tecnocrática. Tecnocrática, porque consiste en condensar cientos de partidas y miles de guarismos, destinados a la plebe desinteresada o profana en cuestiones financieras, en un eslogan de supuesta eficacia política. Y mentira, porque existe falsedad con ánimo de engaño: el ilustre ministro, docto en la materia, miente a sabiendas. Para demostrarlo, sobran sus datos -los del proyecto y los enviados a Bruselas-, a condición de no manipularlos groseramente ni mezclar promiscuamente términos reales y términos nominales.

La verdad es bien distinta. El gasto social, que incluye pensiones, desempleo, sanidad y educación, se reducirá en el 2018 por quinto año consecutivo. Nunca, desde la explosión de la crisis en el 2009, estuvo más bajo. Al final de la segunda recesión, en el 2013, acaparaba el 28,25 % de la riqueza generada ese año. En el 2018, solo el 25,8 %, porcentaje cada vez más alejado de la media europea. Su participación en el PIB se ha reducido casi una décima parte en un lustro. Y esta caída la sufren sus tres funciones: protección social (pensiones y desempleo), sanidad y educación. Así son las cosas.

El ministro hizo un uso espurio de la sinécdoque: transformó la parte -raquítica subida de pensiones- en el todo: el Presupuesto más social de la historia. Y le salió la burda mentira que repite todos los años.

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