Ay, que la dejan caer


Las caídas en los partidos políticos se producen así: un medio informativo descubre alguna tropelía; el afectado reacciona diciendo que se trata de una maniobra enemiga para deteriorar su imagen; a continuación argumenta que se usan falsedades para conseguir con ellas lo no conseguido en las urnas; inmediatamente recibe el apoyo solidario de sus compañeros, que le aplauden a rabiar en las reuniones de terapia de grupo; si es del PP, se percibe el primer gesto de desapego cuando Rajoy deja de pronunciar su nombre en las ruedas de prensa o dice aquello de «la persona por la que usted me pregunta»; el partido toma nota y empieza a cambiar el gesto; solo quedan algunos leales que argumentan que «tenemos que defendernos» y la última fase se produce cuando los mismos que aplaudían ya no hacen defensas fervorosas, anotan que aparecieron «nuevos datos» y empiezan a aceptar la idea de dimisión. Ese ha sido el trayecto de Cristina Cifuentes punto por punto desde que saltó el asunto del máster. Desde ayer está en la última fase. Por la mañana, al ministro Catalá se le olvidó el entusiasmo defensivo que días antes había puesto en la lideresa. A mediodía el portavoz del PP en la Asamblea de Madrid, el que tanto había asegurado que su jefa no tenía por qué dimitir, ya aceptaba que la oferta de Ciudadanos se podía tomar en consideración. Y por la tarde del viernes 13 la señora Cifuentes veía acentuada su soledad. Se queda sola e indefensa, porque le ocurre lo peor que le podía ocurrir: ante la cantidad de falsificaciones que se han descubierto, nadie se atreve a socorrerla. No es que tenga o no tenga el título, como dijeron los rectores de Universidad; lo que se valora son las condiciones en que lo obtuvo. Lo más triste para Cifuentes es que la están dejando caer sin valorar su labor política, quizá porque aplazan ese discurso para las exequias. A ella la dejan marchitarse y sus compañeros del alma ya ni se molestan en estudiar cómo la salvan, sino cómo se salvan ellos del estropicio que les puede causar Ciudadanos. La oferta a la murciana de este partido es sugestiva, porque les permite conservar Madrid, que con Galicia es la joya de la corona, y algo menos confesable: prorrogar el tiempo de servicio y sueldos de casi 300 cargos de la Comunidad, todos militantes. Enviar a 300 carnés al paro es muy duro para una familia. Pero también es muy sugestivo, incluso tentador, obligar a Ciudadanos a que se confiese dando el poder a la izquierda, para echárselo en cara después. Ese es el debate interno, disimulado en ese falso tinte de grandeza de «el partido es más importante que la persona». Mentira: lo único importante es el poder. Y combatir a quien se lo quiere arrebatar.

Valora este artículo

2 votos
Comentarios

Ay, que la dejan caer