Una bala por un balón


Un balón, de alguna manera y en contadísimas ocasiones, ha podido ser el sustituto de una bala. Así es como la versión romántica del balompié muestra aquellos destacables pasajes bélicos en los que, paradójicamente, el sentido de humanidad ha primado sobre la devastación. Me refiero a cuando hombres, que estando frente a frente y dispuestos a matarse, han cambiado los fusiles por los botines, y las balas por un balón en el centro de ambos bandos. Como lo que relata Miguel Ángel Ortiz, en la revista Panenka, sobre el «Football Batalion»: una breve tregua en la Navidad de 1914 entre un batallón inglés y uno alemán, durante la Primera Guerra Mundial, en el que, tras meses de haber permanecido atrincherados, ambos dejaron las armas para jugar al fútbol sobre la tierra gélida, cantar, beber y recordar que las guerras las declaran los gobiernos, pero que los muertos los pone la gente. Algo muy parecido a lo que se exhibe en «Mi mejor enemigo» (2005), filme en el que un batallón chileno y uno argentino hacen una pausa durante un inútil conflicto internacional para jugarse una partida entre soldados cuya suerte no iba más allá que la de haber sido abandonados en el sur del mundo con un arma y una bandera. Pero resulta que la realidad, en casi la totalidad de los casos, es muy distinta. Y, por desgracia, más compleja. Porque el fútbol y la industria bélica son dos de los negocios más fructíferos del mundo. Y qué mejor que un Mundial y una guerra para ejemplificarlo.

Rusia, y no cualquiera, sino la de Vladimir Putin, será la sede de la gran fiesta del balompié dentro de casi dos meses. Ese país, que se resiste a abandonar sus aires imperiales, recibirá a miles de personas (y de euros) refrendando su inminente importancia en el escenario internacional. Sí, Rusia, la polémica Rusia, la que está detrás de tantos escándalos globales (como el de dopaje o el del espionaje cibernético), será la encargada de esconder bajo la alfombra la podredumbre de la humanidad bajo la «deportividad entre las naciones». Como cada cuatro años alguien lo tiene que hacer.

Pero por otra parte está Estados Unidos (no calificado a la copa mundialista), que acaba de estrenar en el reciente bombardeo a Siria uno de sus nuevos juguetes bélicos: el JASSAM-ER, es decir, un proyectil de largo alcance, con rastreo por infrarrojos, y con mayor precisión ante sus objetivos. Así lo informó el lunes Pablo Pardo en EL MUNDO, pocos días después de que el tuit de Trump con «Misión cumplida» diera la vuelta al mundo. De esa manera, el mandatario estadounidense se vanaglorió de su último drible a los protocolos internacionales (apoyado por París y Londres). Algo que, por cierto, a Putin no agradó en absoluto. Sin embargo, y pese a las declaraciones del embajador ruso en Estados Unidos de «ese ataque no quedará sin consecuencias», aún no ha quedado claro cuál será la reacción final del Kremlin. Y tal vez no la sepamos mientras que los antiguos soviéticos sean los anfitriones de la gran fiesta futbolística internacional. Palabras más, palabras menos.

Pero, una vez comenzada la Copa Mundial de Rusia 2018, ya nada de eso importará. Al menos, durante el mes que dure. Esos periplos en la política internacional pasarán a segundo plano, ya que como bien rezaba el himno del Mundial de México 1986, «el mundo» estará «unido por un balón». Y todo parecerá ser parte de esa suerte de fiesta global en la que reinan utópicamente la deportividad y fraternidad. Como si nadie fuese cómplice de la guerra incivil que lleva devastando a Siria desde hace siete años, ni de su casi medio millón de muertos, y mucho menos de los diez millones de desplazados. Como si de pronto las banderas volviesen a ser heroicas mantas que tienden puentes entre las naciones, y no un trapo/excusa para quererse separar del otro, del distinto, del vecino, del que no piensa como yo. Como si  fuésemos capaces de ser como aquellos soldados ingleses y británicos, o los chilenos y argentinos, que abandonados a su suerte y en las condiciones más inhóspitas cambiaron una bala por un balón. Como si fuésemos capaces de eso.   

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