La Europa de Macron en pocas palabras


Los únicos políticos en activo que mantienen la idea de una Europa más unida e integrada, capaz de contener las olas de nacionalismo y populismo que la amenazan, son Manuel Valls, Emmanuel Macron, Angela Merkel y Mariano Rajoy. Aunque es evidente que cada uno de ellos se encuentra en una situación muy distinta que determina su capacidad de acción.

Valls está derrotado y sin partido, y sus únicos poderes derivan de su valentía y su claridad política, y de una juventud que aún alimenta la esperanza en su regreso. Merkel, además de exhibir una envidiable claridad de ideas, mantiene su enorme poder, pero su forzada coalición con los socialdemócratas alemanes -que son los pedrosáncheces de aquí- está tejiendo en torno a ella una tupida red de dudas y contradicciones que merman de forma notable el liderazgo de Alemania. Rajoy, que aún gobierna España y tiene prestigio en Europa, comparte la necesidad de una UE fuerte y cohesionada, pero está acumulando tanto plomo bajo sus alas que apenas puede volar. Y en tales circunstancias cobra relieve Macron, que, a pesar de estar huérfano de partido, e ir con retraso en las reformas de Francia, tiene un poder personal y político casi omnímodo, que, complementado con altos niveles de inteligencia y audacia, lo convierten en el líder europeo del momento.

En eso radica la importancia de la comparecencia de Macron, el pasado martes, ante el Parlamento Europeo, donde hizo un sólido discurso europeísta, un severo diagnóstico sobre la deriva de algunos electorados y partidos políticos, y una llamada de atención -en realidad una alerta- sobre los brotes de nacionalismo, ultraísmo ideológico, xenofobia y fragmentación que amenazan a esta Europa alegre y confiada, a la que le encanta jugar con fuego, encomendarse al populismo y bailar sin protección al borde del precipicio. «Para que nuestro continente no vaya hacia el abismo con el nacionalismo y la merma de las libertades -dijo Macron-, la respuesta no es la democracia autoritaria, sino la autoridad de la democracia».

Pero lo más interesante fue la apuesta francesa por una mayor integración y convergencia europea, «aunque para ello haya que dejar atrás a algunos socios y tomar decisiones por mayoría cualificada». Porque en esas palabras va implícito el hartazgo de un modelo que potencia las zancadillas y tiquismiquis, mientras bloquea las grandes decisiones que pueden hacer avanzar la Unión. Y porque, aunque es evidente que el horno europeo tampoco está para bollos, conviene decirle a las opiniones públicas más fuleras, y a los políticos de fortuna, que no cabe chinchar a la UE sin riesgos, y que la seriedad de los clásicos está dispuesta a imponerse sobre la cósmica levedad de los raperos posmodernos. Lo malo es, sin embargo, que el diagnóstico de Macron queda resumido en que vivimos un momento de suma gravedad e inconsciencia, en el que el proyecto de Europa corre riesgos importantes.

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