La batalla de Madrid


Cristina Cifuentes es un cadáver político, aunque quizá ella aún no lo sepa. Cierto que algunos cuerpos insepultos, especialmente cuando el óbito se produjo en circunstancias especiales, registran inquietantes movimientos reflejos. Tal vez Cifuentes aún conserva capacidad espasmódica para chapotear en la ciénaga y enfangar más a la universidad que le regaló su máster. O para provocar una catarsis en los currículos académicos de sus señorías, algunos más engordados que los capones de Vilalba. E incluso para salpicar a Rajoy, si la finada se empecina en que sea el presidente quien le escriba personalmente, de su puño y letra, el epitafio.

Pero su funeral está programado. Solo falta por dilucidar la fecha, entre dos posibles: antes del próximo 7 de mayo, día en que termina el plazo para debatir la moción de censura presentada por el PSOE, o el 26 de mayo del 2019, día de las elecciones autonómicas. Mientras tanto, los partidos se preparan para la batalla de Madrid, la capital rompeolas de todas las Españas, que esta vez consistirá en una lucha sin cuartel por los despojos de Cifuentes. Una pugna de herederos por el montón de votos que la masterizada presidenta madrileña arrojó a la cuneta.

La posición de las distintas fuerzas políticas en el campo de batalla parece, a priori, determinante. El PP parte en desventaja. Ha perdido su activo más valioso y por encima, en un análisis coste-beneficio, el partido gobernante arrostra todos los costes del escándalo. Su estrategia no puede ser otra que intentar minimizar los daños. Sus tres contrincantes, por el contrario, se aprestan a recoger la fruta madura del árbol caído. Su estrategia pasa por maximizar los beneficios.

Como toda fuerza a la defensiva, el PP solo puede elegir entre lo malo y lo menos malo. Tiene la opción Soraya: reemplaza a la difunta por un candidato limpio de polvo y currículo, aborta la moción de censura y conserva la presidencia hasta las elecciones. Solución «a la murciana» con dos inconvenientes: no repara el daño causado y envalentona a un crecido Ciudadanos. Y tiene la opción Cospedal: embalsama a Cifuentes, prospera la moción de censura y Ángel Gabilondo se convierte en presidente. Esta vía comporta una ventaja: obliga a Ciudadanos a retratarse con la izquierda y en papel de comparsa. Pero ofrece también un serio inconveniente: le da alas de altura al PSOE.

Ciudadanos mostraba una cara radiante en las exequias. Sus encuestas internas, realizadas antes de la apertura del testamento, sugieren que será el principal heredero. Pero sus intereses son contrapuestos a los de Rajoy: lo peor para el PP es lo mejor para Ciudadanos; y lo menos malo para el PP es lo menos bueno para Ciudadanos. De ahí los nervios y las prisas de un Rivera, que se corresponden, en simetría antitética, con el temple y la parsimonia de un Rajoy.

El papel más fácil parece el del PSOE y de Podemos. Consiste en lanzar la caña y esperar a que piquen. Pero esto requiere cierta destreza y menos querellas internas, con el fin de no quedarse sin caña y sin pez.

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