A garrotazos digitales


Es como si algunos españoles disfrutasen con irritar cada vez más a otros paisanos armando gresca verbal. El resultado es una especie de riña que no cesa y que, por fortuna, se diluye en el aliviadero de las redes sociales, convertidas así en un insufrible gallinero en el que cabe casi todo. De este modo, las acusaciones se transforman en escupitajos digitales y la riña a garrotazos no llega.

Pero el espectáculo es muy lamentable, por la miseria que nos transmite. Es verdad que estas disputas, quizá por el desahogo que posibilitan, se quedan en un montón de palabras que tal vez solo sirven de distracción. Y esto es mucho mejor que caer en la vieja riña a garrotazos con que nos ilustró Goya. Porque ahora la pasión -e incluso la violencia- se nos va en saliva digital que en ocasiones ni siquiera encuentra a su destinatario. A veces se zarandean prestigios, sí, pero el efecto es limitado, y el recuerdo, muy engañoso. Sin embargo, no hay que infravalorar el daño, porque estamos hablando de una memoria que perdura en el mundo digital.

Por ello no deberíamos de banalizar el riesgo de unas informaciones falsas, aunque terminen en un basurero digital. El papel de nuestro cerebro debe ser el de procesar esa información, no el de albergarla. Así lograremos vivir en un entorno más seguro. ¿Seguiremos aporreándonos en el mundo digital? Lo estamos haciendo de uno u otro modo, pero también estamos aprendiendo a mejorar y a sobrevivir en él.

Con el consuelo de que los garrotazos digitales, que pueden ser muy lamentables, siempre serán menos peligrosos que los que Goya extrajo de su memoria de Aragón y Cataluña. Lo que quiere decir que, ya superados aquellos brutales garrotazos físicos, deberemos aprender a hacer lo mismo con los digitales y ponerles límite. La tecnología permite extender la comunicación, pero también identificar a los comunicantes. Mientras tanto, tendremos que seguir asistiendo al espectáculo de la gresca digital con muy escasa apariencia de debate ordenado sobre la situación. Este es el trance en el que aún estamos.

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