Celuloide en las venas

OPINIÓN

26 abr 2018 . Actualizado a las 07:36 h.

Aquel niño bajito, algo enclenque y además asmático, apenas podía jugar con sus amigos en el neoyorquino barrio de Queens, y menos todavía hacer deporte. Buscó refugio en los cines del barrio, junto a las películas que sus padres -originarios de Palermo y que nunca llegaron a hablar inglés- veían en un canal que solo emitía películas italianas. Ya desde edad temprana se familiarizó con el neorrealismo, de ahí que su largo documental Mi viaje a Italia (1999) sea de visión obligada, como antes lo fue Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano (1995). Dos declaraciones de amor al cine de su infancia y adolescencia, en las que junto al convulso cinéfago que fue, ya aflora el gran cinéfilo que ahora es. Más allá de su magistral filmografía -no hay fracasos rotundos, si acaso algún tropiezo-, y a la espera de que Netflix no «secuestre» The Irishman y permita disfrutarla en la pantalla grande el año próximo, Scorsese refulge también como rescatador de filmes, guardián del viejo celuloide, coleccionista privado de primer orden y sobre todo, presidente de la organización The Film Foundation.

Ya superan los 750 títulos restaurados, con especial atención hacia el Tercer Mundo por el alto riesgo que corren los pocos negativos que por allí conservan. Cuenta Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes (Anagrama, 2004), incisiva crónica sobre el Nuevo Hollywood, del que Scorsese fue líder carismático, que hasta el estreno de Malas calles (1973) «nunca se había visto nada parecido». Desde entonces todo fue sobre ruedas, salvo que el sorprendente éxito de Taxi Driver (1976) le marcó un punto y aparte: «Poco después empecé a coquetear con las drogas. Para mí fue el comienzo del descenso a un abismo que duró dos años y del que salí con vida por un pelo». Afortunadamente, ganamos un sabio. En el 2011, el crítico Richard Schickel publicó un libro apasionante, Conversations with Scorsese -también disponible en italiano-, que el cegato sector editorial español mantiene inédito. Una pena. Medio millar de páginas gozosas, que por sí solas ya justifican el Princesa de Asturias a un buen tipo, un humanista con celuloide en las venas.