¡Al final resulta que eran cleptómanos!


Entre los mitos eróticos de mi infancia en los últimos setenta y primeros ochenta figuraban tres anuncios de televisión, todos ellos protagonizados por mujeres rubias -¿qué nos pasa, querido Alfred Hitchcock, con las rubias?-. Uno era el de la joven que bajo el agua de una cascada anunciaba el desodorante Fa, con su aroma único a limones del Caribe. Otro era el de la muchacha de Terry que cabalgaba, a lomos de un caballo blanco, ataviada solo con una camisa, por la orilla del mar. El tercero, con múltiples variantes, era el de Oil of Olay, una crema regeneradora que fulminaba las arrugas de las señoras, rejuvenecía sus rostros y lograba que millonarios caballeros las invitasen a cenar a los restaurantes más caros.

En mi barrio, por supuesto no decíamos Oil of Olay, sino algo parecido a oilofulai, que era lo que oíamos en casa. Igual que los entendidos, en vez de decir fuera de juego como todo el mundo, decían órsay en lugar de off side, hasta que la propia Academia acabó por tragar con el órsay. Ya hasta hay bares que se llaman Orsay. Oilofulai todavía no. Pero al tiempo.

El caso es que no me volví a acordar del anuncio de Oil of Olay hasta que ayer saltó el vídeo del 2011 de Cristina Cifuentes pillada con las manos en la masa afanando en el Eroski de Vallecas dos botes de crema de esa misma marca, ahora Olay a secas, valorados en 40 euros. Entonces no era presidenta de la Comunidad de Madrid, es cierto, pero de una señora con sus aspiraciones y expectativas -ya entonces era la vicepresidenta de la Asamblea de Madrid- uno esperaba algo más de nivel. Sobre todo a la hora del hurto. Qué se yo, mangar un trapito en el Loewe de Serrano 34 o esconder un millón de euros en el altillo de los suegros. Algo a la altura del cargo. Pero caer por 40 euros trincados en el Eroski de Vallecas demuestra que esta política no estaba capacitada ni para presidir su comunidad de vecinos.

Y que conste, Olay tampoco es una marca cualquiera. En el Eroski de Vallecas tendrán sus pomadas milagrosas, pero en el súper de la misma cadena en Peruleiro o en la calle de la Torre -A Coruña obrera- no hay tales lujos a la venta. El centralismo se ve que llega hasta a la distribución de las cremas antiedad.

No me gusta recurrir al «xa o dixen eu». Pero, como apunta el sabio profesor Barreiro, de vez en cuando hay que recordar a gente como Cifuentes que ya les advertimos en tiempo y forma de que se estaba cociendo en su propia sangre, como las lampreas del Ulla. Por eso el 7 de abril ya le escribí aquí mismo: «Cifuentes, no te hagas la rubia: estás muerta». Pero para qué dimitir a tiempo y con dignidad -en el mismo momento en que se supo lo de su máster de cartón piedra- si uno puede agonizar a gusto durante 35 días y pasearse por ahí como un espectro. Zombi sí, pero con la raya del pelo rubio trazada a tiralíneas.

Lo peor de esto es que después de todo lo que hemos visto en este país, los Juan Guerra, los ERE de Andalucía, la caja B de Bárcenas o la Gürtel, ahora va a llegar Cristina Cifuentes, látigo de la corrupción, y va a sacar del bolso -el mismo en el que se cayeron por casualidad los dos botes de Olay- un certificado de cleptomanía firmado por un psiquiatra. ¡Al final va a resultar que todos los políticos a los que llevamos poniendo a parir desde 1978 no eran ladrones, sino cleptómanos!

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¡Al final resulta que eran cleptómanos!