La profanación del cadáver


Cristina Cifuentes era un cadáver ambulante desde hace semanas. Una zombi que braceaba en la ciénaga de la mentira continuada y superpuesta, destapaba las inmundicias de la universidad que le regaló su máster, incitaba a la búsqueda de currículos inflados por los despachos oficiales y salpicaba porquería en todas direcciones. Un cadáver incómodo también, especialmente para el PP y Ciudadanos, incapaces de acordar un funeral digno y la inhumación de los despojos con las garantías sanitarias que requería el caso.

Pero nadie, salvo los que hozan en las cloacas de la política y sus terminales mediáticas, alcanzó a vislumbrar el esperpéntico remate de esta historia. Un culebrón, con más de treinta días de duración, resuelto en un capítulo y una traca final. En la primera fase asistimos a la defunción de una carrera política. Cifuentes se atribuyó el papel de víctima de una cacería «por tierra, mar y aire». Erró en el diagnóstico: no había cazadores, solo información veraz y contrastada, facilitada en dosis sucesivas, que ponía al descubierto una trama de corrupción en la que estaban atrapadas ella y la universidad Rey Juan Carlos. Y erró en el tratamiento: en vez de cortar por lo sano antes de que se propagase la gangrena, se ahogó en su propia maraña de falsedades y su afán por colgar culpas en tendal ajeno. Su óbito tuvo bastante de suicidio.

Ayer habló de linchamiento. Y tentado estaría de darle la razón esta vez, si no fuese por un pequeño detalle: no se puede linchar -políticamente- a quien ya está muerto. Lo que se produjo ayer, con esa exhibición pública de su hurto de cremas en un supermercado, fue escarnio y profanación del cadáver. Alguien lo descuartizó y arrojó sus restos a las aves carroñeras. Como alimento para las tragaderas de cierto periodismo «independiente» -del que sabemos perfectamente de quién independe-, comidilla para los parroquianos de la barra del bar, combustible para las insaciables redes sociales, materia prima para los creativos del chiste fácil. El funeral como Dios manda, que no se le niega siquiera a pecadores de la peor calaña, lo reemplazaron por la ignominia. Incluso la mafia suele ser más respetuosa con sus difuntos.

Confieso que este postrero ajuste de cuentas me produce asco y pavor. No todo vale. No todo puede valer en la confrontación política. Humillar al adversario para destruir a la persona no solo supone una canallada, sino también una manipulación de nuestros instintos más bajos. Quienes airearon el vídeo sabían muy bien que su éxito dependía de la capacidad de despertar el animal morboso que todos llevamos dentro. Eso que nos impide discernir entre lo accesorio y lo importante. El morbo que le otorga más poder destructivo a la corruptela patológica que a la corrupción rampante, al cacheo de Cifuentes por un segurata que a las cuentas multimillonarias en Suiza.

Si la política se ha convertido en un permanente ajuste de cuentas, en un intercambio de cuchilladas, en mugrientos dosieres que van y vienen como misiles, paren, que yo me bajo.

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