Quiso ser heroína y acabó de payasa


Nunca logré saber qué había visto el PP en Cristina Cifuentes. Porque, más allá de acumular todos los tópicos de la política contemporánea -iba de mujer, rubia, incorruptible, inflexible, ambiciosa, moderna y preparada-, era la lideresa más artificial de Europa, con cero feeling, cero cultura, cero fiabilidad y cero atractivo. Tan estereotipada era que todos los que necesitaban definir un liderazgo alternativo en las filas del PP, para chamuscar a Rajoy, acabaron citando su nombre, y convirtiendo en profecía lo que nunca pasó de ser una fake news descafeinada. Vivimos en tiempo de trampantojos, por lo que, incluso un tronco tan huero como Cifuentes, sirvió para llenar miles de páginas y tertulias en las que se trataba de esculpir un tótem, con apariencia de compacto nogal, para que los populares desencantados bailasen alrededor la danza de la lluvia.

Embriagada con tanta fama, también la ambiciosa Cristina acabó creyéndose su propio estereotipo, hasta el punto de adoptar la repelente pose de una fría e inflexible inquisidora. Y esa fue la razón por la que, cuando el reciente mastergate la dejó con el culo al aire, se convirtió en el chivo expiatorio de una fantasmal y transversal clase política que, por no ser mejor que ella, y por estar atiborrada de casos de fraude curricular con los que tan leves fantasmas quieren ganar peso y desprenderse de sus sábanas, acumuló montones de leña para convertirla en cenizas en medio de la plaza pública. En aquel momento le escribí un caritativo epitafio a la espelida Cristina. Porque estaba convencido de que, en un arrebato de dignidad, y tratando de evidenciar el miserable cainismo de la política española, iba a inmolarse como una heroína de tragedia -al estilo de Antígona o Ifigenia-, o como una diva de la ópera -emulando a la Traviata, Aída o Isolda-, hasta presentar su caída como un inapelable capricho de los hados.

Pero Cristina era -ya lo dije- una lideresa de cartón; una muñeca hinchable; una efigie populista destinada a ser quemada en un festejo popular. Y cuando tuvo que escoger entre dimitir trágicamente, asumiendo la voluntad de los dioses, o hacerlo en un sainete ramplón y miserable, disimulando su debilidad con un disfraz de payasa, se inclinó por hacer el ridículo, por dar pena, y por servir de alimento a los buitres profesionales y a las nubes de moscas que revolotean sobre el basurero.

¡Pobre PP, que está gafado! ¡Pobre Rajoy, que, a pesar de hacer saltos tan prodigiosos que convierten a Alvarado en un triste aficionado, no puede recibir el aplauso de un público que camina mirando al suelo, pisando charcos, y quejándose de que no se ven las estrellas! ¡Pobres de nosotros, que, convencidos de que en esta ciénaga putrefacta no queda más remedio que fumigar, somos incapaces de pensar en qué se convierte una ciénaga después de fumigada! ¡Tantas cosas por hacer, y todos comentando el hurto de dos tarritos!

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