José Angel, Alfonso Jesús, Jesús, Angel y Antonio Manuel: cinco lobitos tiene la loba...


Cinco lobitos tiene la loba y la loba se llama poder judicial. Un poder del que algunos de sus representantes serán para siempre responsables de amamantar a una manada, a esa manada integrada por cinco joyitas con un brillante historial personal  y policial, y un sentido muy solidario de las bacanales, sobre todo cuando son cinco a una.

La sentencia de la audiencia provincial de Pamplona, dictada por unos magistrados a los que el protocolo institucional y social impone llamar «señorías», hace aflorar la España más atávica y más sórdida, que tan bien han retratado algunos maestros de la literatura como Delibes o García Lorca. Esa España donde los que tienen poder ningunean a los que no lo tienen, y los engañan y manipulan. Esa España clasista, sexista y despiadada, que maneja la impunidad al gusto de la discrecionalidad de sus «señorías». Esa discrecionalidad que sus «señorías» se han ganado a base de una brillante carrera de Derecho y unas durísimas oposiciones a juez. Y si, además de empollones, son sagaces, se arriman al partido en el gobierno y entran en los órganos de control político de la judicatura «independiente». Y si aún son unos escaladores natos, igual terminan en Estrasburgo o más allá…

Y los mortales de a pie tienen vetado opinar. La doctrina (y no precisamente la Parot) dice que hay que respetar escrupulosamente las decisiones del poder judicial, que es intocable, como si emanara de un ente divino. Realmente el hecho de que haya jueces arbitrarios, manipulados, insensibles ante una realidad social compleja y cambiante, instalados en la obsolescencia y que vomitan prejuicios por todos lados, como los lobitos de esta memorable manada, carece de importancia. Lo realmente interesante es proteger el estatus de la judicatura mediante un argumentado y sólido corporativismo, y aquí no ha pasado nada, que realmente los y las que protestan en las calles son unos osados e ignorantes que ni saben ni tienen derecho a saber de sentencias, y  cuyo poder no es divino y tarde o temprano cansarán.

Yo realmente me pregunto si hace falta una reforma del código penal para dictar sentencia sobre lo acontecido en la violación múltiple de Pamplona, y llego a la conclusión de que  lo que hace falta es aplicar con contundencia y rigor el código penal que ya existe, de manera que una panda de indeseables tenga el castigo que se merece por un delito de extrema gravedad. Porque si la chica agredida no mantiene la calma y se resiste, ¿Cuál hubiese sido el final de esta historia? ¿Sería una más en la crónica negra de este país?

Podremos reformar el código penal, pero ¿quién es el guapo o guapa que va a reformar la mentalidad de algunos jueces? Quién va a extraer de esas cabecitas privilegiadas la atávica convicción de que cuando una chica está sola en una fiesta está buscando «guerra», y más aún si lleva minifalda y escote, o es rubia. Quién va a desterrar de esas cabecitas con tantas horas de estudio la convicción de que si alguien lleva galones en su currículum puede abusar del poder como, cuando y con quien quiera. Por citar tan solo dos ejemplos entre los muchos prejuicios que se me antojan imposibles de sacar de las mentes y corazones de algunos trabajadores del y para el estado de derecho.

Lo que está ocurriendo en este país siempre ocurrió. Siempre estuvieron los abusos de poder a la orden del día (y las violaciones son uno de los más truculentos abusos de poder). Lo que pasa es que no se contaba, y como no se contaba no existía… Ahora la cosa está cambiando tímidamente, y la ciudadanía empieza a perder el miedo y los complejos.

Ante este nuevo escenario, algunos jueces, sabedores de su teocrático poder y de que jamás serán inhabilitados, escriben cientos de folios (no siempre bien redactados aunque se escuden en los tecnicismos y el metalenguaje para que no los entienda ni el dios que los protege) para fundamentar lo que carece de fundamento, porque los crímenes contra la Humanidad no tienen justificación posible (y las violaciones lo son).

Y para terminar este sórdido cuento del país de las manadas, me pregunto cómo es posible que personas con antecedentes penales estén en activo en las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado. Pero bueno, también me pregunto cómo estos tipos tienen novias o parejas que los apoyan.

En el país de las manadas, los lobos se disfrazan de caperucita, y caperucita ya no es nada roja…

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