Cifuentes, Ribadumia y Al Capone


Desde hace 35 años, no he visto vergüenza mayor. Digo 35 porque son los que han transcurrido desde la primera vez que opiné en un periódico. Nunca, en este tiempo, he contemplado cómo un político caía con tanta humillación y transmitiendo, de este modo desalmado, la humillación a todos sus compañeros de partido. Cristina Cifuentes, la paladín de la limpieza, enfangada en la deshonra más mísera: robar unas cremas en un supermercado.

El PP queda tocado y ya solo resta reiniciarse. Ha sido una concatenación de errores, impropios de cualquier institución donde habite la inteligencia y el sentido común. Hasta Cospedal pronunció la frase aquella, para sonrojo de los conservadores honestos: «Hay que defender lo nuestro y a los nuestros». Pero no siempre hay que defenderlos, señora Cospedal. Cuando los nuestros actúan de modo inmoral, zafio y mendaz, ensucian «lo nuestro»: los principios que defienden los concejales, diputados, cargos y militantes del PP.

Cuando existe suciedad, hay que limpiarla. No esconderla. Porque si se esconde o se contemporiza con ella, acaba embadurnando y enmugreciendo al resto. Desde el primer momento escribimos que Cifuentes tenía que irse. Y no se fue. Permitió que día tras día se mancillase el prestigio de su partido, de la universidad y avergonzó a los que estudian y, de paso, a los que pagan sus estudios (¿qué padres que tengan a un hijo cursando un máster, votaría al PP de Cifuentes?)

Tenía que dimitir o debían obligarla a que dimitiese. De no ser así, apartarla del partido. Quizá nos hubiéramos ahorrado el momento embarazoso del pasado miércoles. Cada vez que veo el vídeo de la señora vestida de azul, frente a un guardia de seguridad -asumiendo que lleva en su bolso dos botes de crema que no ha pagado- siento sofoco. Por eso no siempre hay que defender a los nuestros. Hay que defenderlos cuando merecen ser defendidos. Aunque sea políticamente incorrecto. Aunque arrojen piedras desde el otro lado. Pero defender lo indefendible acaba mal. Como acabó el cuento de Cifuentes.

En el PP toca no solo mudar los muebles, como se ha hecho en los últimos años. Hay que cambiar el frontispicio. Antes: presumir de gestión, incluso de la aprobación de los presupuestos óptimos que ahora han comenzado a caminar. Poner en valor lo hecho. Que Méndez de Vigo y De Guindos salgan menos en los noticiarios. Que Montoro baje la presión. Dar las gracias por el honor de haber presidido España. Y a caminar por la bellísima Ribadumia, señor Rajoy. Pese a los muchos pesares, ha sido un presidente servicial y prudente.

Dicho esto, finalizo con dos preguntas retóricas: ¿En qué inmundicia se ha convertido la política? ¿Qué miserables mafiosos guardan vídeos o fotos de políticos para chantajearlos? Lo de Cifuentes me avergüenza. Los otros son ponzoña. Al Capone a su lado era un bendito.

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