La serpiente muda de piel


Me ha tocado vivir todos los atentados de ETA. Uno de ellos, un coche bomba que mató a cuatro policías, cuando pasaba un semáforo en el que cazaron a los agentes como pajarillos. El destino me situó al lado del presidente Suárez en los años más duros y supe lo que era el miedo a una organización enloquecida que, según decían, podía disparar un misil contra un desfile militar. He visto al rey de España acudir a un Consejo de Ministros a dar moral al Gobierno cuando parecía que los asesinos hacían naufragar la hermosa aventura de la conquista de la libertad. Y he asistido como periodista a entierros de guardias civiles, de policías y de militares y todavía siento las lágrimas de sus viudas y todavía oigo las voces de manifestantes que gritaban «¡Ejército al poder!». Todo eso lo llevo, como millones de españoles, grabado en el alma.

Y ahora, después de 43 años de tiros en la nuca, de bombas bajo los coches, de cerca de un millar de muertos, de viudas, de huérfanos, de familias rotas para siempre, ¿vienen esos asesinos y me intentan conmover con un sentimental «ETA nació de este pueblo y ahora se disuelve en él»? Es posible que ETA haya nacido del pueblo. También Hitler nació del pueblo. Es seguro que contó con apoyo de una parte notable del pueblo vasco, que confundió, como algún partido político, el crimen cobarde y fácil con la lucha heroica contra una dictadura. Pero mató más en democracia que en el franquismo y no le debemos absolutamente nada del avance hacia la libertad. No tiene ningún derecho a atribuirse, como se atribuye, el éxito del autogobierno. Al revés: siempre fue un freno, además de ser una de las causas del golpe de Estado de 1981. Su única y lamentable gloria es el crimen. Y algunos de los que ahora hablan de paz deben figurar entre los grandes criminales en serie de la historia.

El comunicado final confirma que la serpiente solo cambia de piel. Dicho en sus propias palabras: inician una nueva fase para que «el proceso a favor de la libertad y la paz continúe por otro camino». Y ese otro camino para llegar al Estado de Euskal Herria, es el del independentismo catalán: «materializar el derecho a decidir». Lo que queda de ETA, legalizado a través de Bildu, busca ahora una nueva legitimidad. Hablan de paz, pero también hablaban cuando acababan de asesinar. Y seguirán rindiendo homenaje a sus matarifes. Y como llevan el odio en la sangre, seguirán inoculando odio a la parte de la sociedad que, desgraciadamente, identifica a esa banda con la «liberación». Y por cierto: Josu Ternera, uno de los lectores del manifiesto, sigue siendo un huido de la Justicia. Sigue siendo un sanguinario. No acepto en su boca ni la palabra paz ni la palabra libertad.

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