Por razones viscerales


El buen escritor y economista José Luis Sampedro, fallecido hace ya cinco años, nos dejó reflexiones agudas y profundas que ahora, lamentablemente, casi nadie parece querer recordar ni tener en cuenta. Sin embargo, sus advertencias de veterano humanista escarmentado siguen ahí y tienen un vigor creciente, porque la sociedad avanza justamente por el mal camino que él entonces anticipaba, condenaba y temía.

Una de sus críticas más argumentadas era la de que ahora «se hace todo por razones viscerales», y esto es así porque «la gente ya no razona, no piensa», y todos votan según lo que ven en los medios de comunicación (o incomunicación) dominados por lo que él llamaba «el poder». Por eso estaba radicalmente convencido de que las batallas intelectuales había que librarlas por el simple hecho de que era peor no hacerlo.

En su caso hay que decir que su escepticismo razonado nunca lograba desalojar al humanista solidario que llevaba dentro y que se expresaba, sobre todo, en sus planteamientos económicos. Quizá por ello su voz libre e independiente se echa más en falta ahora. Porque, a lo tonto, nos hemos ido rodeando de mediocres interesados que solo buscan su ventaja política y que no razonan ni piensan más que en su provecho.

Sampedro hizo la Guerra Civil sucesivamente movilizado en los dos bandos, y en 1955 obtuvo la cátedra de Estructura e instituciones económicas en la Universidad Complutense de Madrid. Escribió libros como ensayista y novelista y obtuvo muchos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de las Letras Españolas (2011).

¿Por qué tiene sentido recordarlo hoy aquí? Sin duda, por su humanismo crítico sobre la decadencia moral y social de un Occidente del que formamos parte y que, aun siendo muy superior a otros espacios sometidos, necesita liberarse de sus extremismos y reivindicar una economía «más humana, más solidaria y más capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos». Por eso él sostenía que había que librar las batallas necesarias para conseguir una ciudadanía que piense, que discurra, y que decida en las urnas por algo más que «por razones viscerales». ¿Estamos en el buen camino? Aún no lo parece, pero hay que buscarlo.

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