Puigdemont se atrinchera en Berlín


Lo más peligroso de la surrealista situación que se vive en Cataluña es que, a fuerza de llevar cada vez más lejos sus números circenses, los independentistas empiezan a aburrir al personal. Hasta tal punto, que la sociedad española muestra ya signos de indiferencia ante hechos absolutamente antidemocráticos. Ya no es solo que un personaje de opereta y encastillado en su ridícula realidad paralela como Carles Puigdemont mantenga secuestrada la voluntad de los catalanes. Es que España entera está paralizada por el capricho de un prófugo de la Justicia. Después de la ignominia que supuso que el Parlamento catalán pisoteara la ley y el reglamento en septiembre del 2017 aprobando la ley de ruptura, el que haya podido repetir ahora la jugada sacando adelante una ilegal ley de Presidencia hecha a la medida de Puigdemont es un baldón para la democracia española, aunque la norma sea anulada.

Resulta complicado adivinar cúales son los planes de un lunático que, al estilo de los dictadorzuelos de repúblicas bananeras, ha llegado a exigir que nadie pise determinadas estancias del Palacio de la Generalitat mientras él no sea restituido como presidente. Pero, si tuviera que apostar, diría que, a estas alturas, en sus decisiones y en su estrategia política ya solo pesan dos cuestiones: tratar de salvar su desesperada situación personal y hacer el mayor daño posible a España, aunque sea a costa de lastrar también el futuro de los catalanes. Y esas dos premisas juntas indican que lo que está buscando Puigdemont es una repetición de las elecciones. Algo que empiezan a temerse ya hasta en ERC y que, si no lo impide esa corte de cobardes de su propio partido, que está deseando quitárselo de encima para formar Gobierno de una vez, pero le rinde pública pleitesía en Berlín, puede acabar sucediendo.

Es decir, que si nadie le para los pies, el 22 de mayo se disolverá el Parlamento catalán y se convocarán elecciones para el 15 de julio. Lo cual significaría que España entera podría seguir danzando al ritmo que marque este chiflado. ¿Por qué? Porque si no hay nuevo Gobierno autonómico, el artículo 155 sigue vigente en Cataluña. Y si eso sucede, el PNV, que no se atreve a decirle públicamente a Puigdemont que deje de hacer el ridículo y de hacer daño a los catalanes, no apoyaría en junio los Presupuestos. Y sin Presupuestos, la situación de Rajoy sería inestable y con pocas opciones de evitar un adelanto de las generales. Y todo ello mientras Puigdemont, según su cuento, seguiría siendo candidato a la Generalitat y con altas probabilidades de obtener un resultado aún mejor en virtud de la incomprensible admiración que les suscita a muchos catalanes el cristo político que está organizando. Si nadie lo impide, esa es la improbable y desesperada carambola que busca.

Si la elección de Waterloo para fijar su residencia parecía la perfecta metáfora de un descalabro como el de Napoleón, lo de Puigdemont en Berlín empieza a parecer una forma de atrincherarse en sus posiciones para negarse a capitular, por más desesperada que sea la situación que le pinten sus colaboradores.

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